Esa misma tarde, Leire llevó su currículum impreso al área de medicina natural del Hospital Internacional Dávila.
El director Hugo Zúñiga, con sus lentes de lectura puestos, estaba sentado detrás del escritorio revisando sus papeles.
En su currículum no había ningún título universitario rimbombante ni certificaciones oficiales, solo un par de hojas llenas de notas sobre expedientes clínicos y análisis de pacientes.
Pero cuanto más leía Hugo, más le brillaban los ojos.
—¿Tú recetaste estos tratamientos para el insomnio crónico y la migraña?
—Sí, director Zúñiga —respondió Leire, de pie con una postura recta y con mucha dignidad.
—Y esta parálisis facial severa... ¿lograste que el paciente se recuperara en solo quince días con acupuntura? —La voz de Hugo delataba algo de incredulidad.
—Así es, usé las técnicas de agujas tradicionales de mi familia.
Hugo cerró el currículum, se quitó los lentes de lectura y la admiración en sus ojos se transformó en pena.
—Si has curado tantos casos, ¿por qué nunca has sacado tu licencia oficial?
Leire bajó la mirada, ocultando la sombra en sus ojos.
Después de que su abuelo falleciera, su viejo rival le había cerrado todas las puertas posibles.
Podía estudiar, podía curar, pero el dichoso papel simplemente no se lo querían dar por más que lo intentara.
—Razones personales.
Hizo una pausa y luego añadió con firmeza:
—Director Zúñiga, yo solo estoy aplicando para el puesto de asistente de terapias naturales. No voy a dar consultas por mi cuenta, no romperé ninguna regla.
Hugo la miró, sintiendo cada vez más lástima.
Con ese nivel de habilidad médica y experiencia, ponerla como simple asistente era un desperdicio absoluto de talento.
Pero el hospital tenía reglas estrictas, y sin una licencia, por mucho que admirara su potencial, no podía hacer excepciones.
—Está bien, entiendo tu situación. —Hugo guardó el currículum en un cajón—. Ve a casa y espera a que te llamemos.
—Entendido, gracias, director Zúñiga.
Leire hizo una cortés reverencia y se dio la vuelta para marcharse.
Caminó por el pasillo hacia la salida.
Al pasar frente a uno de los consultorios, de pronto escuchó una voz muy familiar, coqueta y suave.
—Esta noche mi novio nos invita a todos a comer sushi en un restaurante buenísimo, ¡tienen que ir, no me fallen!
Leire detuvo sus pasos y miró por la rendija de la puerta entreabierta.
Mónica Solís estaba usando una bata blanca impecable y rodeada de algunos médicos jóvenes y enfermeras.
—¡Wow, doctora Solís, tienes una suerte increíble!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Destruí al hombre que salvé