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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1148

En casa de la familia Báez.

Néstor Báez estaba sentado en el sofá. Parecía haber envejecido diez años de la noche a la mañana. Tenía el pelo revuelto, los ojos hundidos y fumaba un cigarro con una mirada cargada de rabia y frustración.

La señora Báez bajó del segundo piso, todavía sin poder creer lo que estaba pasando. ¿Cómo era posible que una empresa tan sólida se hubiera visto de repente al borde del abismo?

Néstor estaba al teléfono. En cuanto le contestaron, dejó su orgullo de lado y suplicó:

—¡Oye! Xavier, por fin contestas. ¿No podrías darme un préstamo puente a corto plazo? Te juro que en cuanto la empresa se recupere, serás el primero al que le pague.

—Señor Néstor, lo siento mucho, de verdad, pero no puedo ayudarte con eso.

—Xavier, por la amistad que tenemos…

—Señor Néstor, de verdad lo lamento. —Y colgó.

*¡Pum!*

Néstor golpeó la mesa y gritó:

—¡Malditos malagradecidos! Antes se daban palmaditas en la espalda y me llamaban amigo, y ahora o no me contestan el teléfono o de plano me dicen que no tienen dinero. ¡Infames!

Néstor no olvidaba cómo, hacía apenas unos meses, toda esa gente se desvivía por halagarlo.

Ahora, el Grupo Báez estaba inundado de avisos de cobro del banco, sus activos principales congelados y el valor de las acciones por los suelos, habiendo perdido más del ochenta por ciento de su valor. Proveedores y socios hacían fila en la puerta de la empresa exigiendo sus pagos. Prácticamente todas las salidas estaban bloqueadas.

No le quedaba otra opción más que declararse en bancarrota.

La señora Báez no se atrevía a decir ni una palabra. Veía a su esposo, completamente abatido, y sabía que ya no tenía más cartas que jugar.

Néstor se desplomó en el sofá, lleno de frustración. Justo en ese momento, su celular sonó.

Vio que era un número desconocido. Normalmente, ni se molestaría en contestar, pero en esa situación, lo tomó casi al instante.

—¿Bueno? ¿Quién habla?

Del otro lado se escuchó una voz de hombre, tan cansada como la suya.

—¡Señor Néstor! Buenas noches.

—¿Quién es usted? —preguntó Néstor, intrigado.

—Me llamo Leandro Serrano. Seguramente me conoce.

Leandro soltó una risa seca.

—Néstor, ojalá fuera mentira, pero mi fuente es muy confiable. En cuanto a las razones, no las conozco. Es todo lo que puedo decirle. Cuídese mucho, señor Néstor.

Dicho esto, Leandro colgó. Era evidente que no quería meterse en los problemas entre Gaspar y la familia Báez.

Néstor se quedó paralizado, como si fuera de piedra.

—Néstor, ¿quién era? ¿Alguien que puede ayudarnos? —La señora Báez se acercó a él, con el rostro lleno de desesperación.

Néstor reaccionó de golpe. Sus ojos, inyectados en sangre, reflejaban una mezcla de conmoción y la furia de quien ha recibido una puñalada por la espalda.

—¿Qué pasa, Néstor? ¿Qué te sucede? —preguntó la señora Báez, asustada al ver la expresión de su marido. Parecía que quería matar a alguien.

—¡Gaspar! —gritó Néstor al volver en sí.

—El señor Ruiz… ¿El señor Ruiz nos va a ayudar? —preguntó su esposa, esperanzada.

Néstor se levantó de un salto y soltó una carcajada amarga.

—¿Ayudarnos? ¡Ese infeliz quiere acabar con nosotros, con toda la familia Báez!

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