—¿Qué? ¿Por qué haría algo así? ¿En qué momento le hicimos algo? —preguntó la señora Báez, igual de impactada e incrédula.
—Y yo que lo trataba como a un futuro yerno… Resulta que nos estaba apuñalando por la espalda —dijo Néstor con el pecho agitándose violentamente. Todo el respeto y los halagos que antes sentía por Gaspar se habían convertido en puro odio y rabia.
Pensándolo bien, que Gaspar lo hubiera ayudado a cotizar en bolsa y luego con las inversiones en el extranjero… cada paso parecía una trampa cuidadosamente diseñada. Todo había sido un plan suyo desde el principio para llevar al Grupo Báez a la quiebra.
—¿Cómo pudo ser el señor Ruiz? Si él y Samanta… —Los ojos de la señora Báez brillaron con una furia intensa—. ¿Será que esa maldita mocosa lo convenció de hacer esto?
Fue entonces cuando Néstor pensó en esa hija, su hija ilegítima, la que había sido el puente entre la familia Báez y Gaspar.
Néstor tomó su saco y salió de la casa. Tenía que ir a preguntarle, a aclarar qué clase de rencor había entre ella y Gaspar. Si lograba solucionarlo, quizá todavía habría una oportunidad de que Gaspar los dejara en paz.
Detrás de él, la señora Báez gritaba y maldecía.
—¡Ay, Dios mío! ¡Qué ave de mal agüero! ¡Nos trajo la ruina a esta casa!
—¡Mamá! ¿Qué pasa?
—¡Lara, rápido, llévale el carro a tu papá! ¡Estuvo bebiendo! —La señora Báez empujó a su hija, que acababa de bajar, hacia la puerta.
Lara corrió a la cochera y vio a su padre subiéndose al carro. Se acercó y lo detuvo.
—Papá, a donde sea que vayas, yo te llevo. Bebiste.
Néstor abrió la puerta del asiento trasero.
—A casa de Samanta.
Al ver la expresión de su padre, que iba dispuesto a pedir explicaciones, Lara dijo de inmediato:
—Está bien, yo te llevo.
Cada uno de esos seis juegos estaba valuado en decenas de millones, sumando un total de doscientos ochenta millones de pesos.
No eran regalos que Gaspar le hubiera dado por voluntad propia, sino trofeos que ella había conseguido a base de insistencia y manipulación, después de planearlo todo con mucho cuidado.
Fue para su primer concierto como solista en el país, un evento que había preparado durante más de un año. Quería proyectar un aura de encanto extraordinario, así que no escatimó en esfuerzos y, por supuesto, no quería verse tacaña en cuanto a las joyas.
Después de elegir seis juegos de diamantes, buscó a Gaspar una y otra vez para que pagara por ellos: en su oficina, en sus viajes de negocios, en cenas de gala. Recordaba que el día que finalmente aceptó, él estaba trabajando. Tras otra de sus descaradas súplicas, él guardó silencio por unos segundos y luego le dijo con indiferencia a Enzo, su asistente:
—Resuélvelo.
Sin una palabra de más, como si se estuviera quitando de encima a alguien molesto. Su expresión solo mostraba el deseo de solucionar un problema lo antes posible.
Pero, al final, los seis valiosos collares llegaron a sus manos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Divorciada: Su Revolución Científica