Micaela miró la hora en su reloj y le dijo al hombre sentado en el sofá:
—Ya puedes irte a descansar.
Gaspar se levantó y preguntó:
—¿Puedo llevarme a Pepa abajo?
Antes de que Micaela pudiera responder, Pilar se adelantó.
—¡Papá, tienes que cuidar a Pepa!
—Claro que sí —rio Gaspar en voz baja. Miró a Pepa, y la perra entendió la señal y lo siguió hacia la puerta.
Después de acostar a su hija, Micaela regresó al estudio para organizar los documentos del día. No podía evitar pensar en la imagen de Belén mirando a los pájaros en el cielo. Seguramente, anhelaba volver a volar, a retomar su carrera.
Micaela sintió un peso en el corazón; la responsabilidad sobre sus hombros parecía haber aumentado.
***
A la mañana siguiente, Gaspar llevó a su hija a la escuela. Poco después, Micaela se dirigió al laboratorio. La primavera estaba llegando a su fin y salió con ropa ligera. De camino al laboratorio, notó los dos carros de los guardaespaldas que la seguían.
Al llegar al estacionamiento del laboratorio, Micaela se bajó del carro pero, en lugar de ir directamente a la entrada, se acercó a uno de los vehículos de los guardaespaldas.
El hombre que estaba dentro bajó de inmediato y la saludó con cortesía.
—Señorita Arias, ¿necesita algo?
—Hola, ¿podría preguntarles por Anselmo? ¿Saben cómo está? —Micaela solo tenía una pequeña esperanza de obtener alguna noticia sobre él, ya que era muy probable que fueran sus hombres.
—Director Ruiz, soy Leandro —se escuchó una voz de hombre mayor, con un tono amable pero astuto.
—Señor Serrano, ¿en qué puedo ayudarlo? —preguntó Gaspar, cortés.
—Verá, he oído que usted y mi prometida, la señorita Samanta, tienen un contrato un tanto… injusto. Me gustaría que me hiciera el honor de que nos reunamos para hablar y resolver este asunto de una vez por todas.
—Felicidades —dijo Gaspar, sin mostrar ninguna emoción, para luego adoptar un tono firme—. El contrato entre la señorita Samanta y yo es un documento legal y válido, y está relacionado con el tratamiento de mi madre. Me temo que no es algo que se pueda anular simplemente con una charla, señor Serrano.
Leandro, al otro lado de la línea, parecía esperar esa respuesta. Su tono también se volvió más serio.
—Director Ruiz, todo se puede negociar. Sé que el contrato tiene cláusulas de incumplimiento, pero Samanta ahora es mi prometida y pronto será la señora Serrano, la madre de mis hijos. Que usted la retenga no le hace ningún bien a su reputación. Podemos hablar de las condiciones. La penalización por incumplimiento, yo, Leandro, puedo pagarla. Siempre que sea razonable y legal, todo se puede discutir, ¿no cree?
—Se engoña, señor Serrano. El contenido del contrato es claro: se trata únicamente de una colaboración médica, sin implicaciones personales. En cuanto a la rescisión… —Gaspar hizo una pausa, y su voz sonó con una determinación inquebrantable—, por el momento, es imposible. El tratamiento de mi madre todavía requiere la colaboración de la señorita Samanta.

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