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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1192

Gaspar se levantó sin mostrar expresión alguna.

—No importa.

Enzo sabía muy bien que su jefe había redactado este nuevo contrato para evitar un enfrentamiento con Leandro, tratando de eludir ese riesgo. Después de todo, Leandro era una figura importante en el mundo de la tecnología y, aunque el Grupo Ruiz tenía una base sólida, no querían crearse enemigos.

Mucho menos entrar en una disputa entre ambas compañías por culpa de Samanta.

Justo cuando Gaspar llegaba a la puerta de la sala de juntas, se giró y dio una orden.

—Manden a alguien a investigar la situación fiscal de Leandro.

Enzo entendió de inmediato. Su jefe nunca entraba en una batalla que no estuviera seguro de ganar. Muchas veces, prefería tomar la iniciativa. Si Leandro insistía en defender a Samanta, inevitablemente terminaría enredado con el Grupo Ruiz.

En ese momento, Samanta ya estaba en el carro. No decía una palabra. Noelia, a su lado, no se atrevía a preguntar, solo la observaba morderse las uñas y apretar la mandíbula, como si estuviera conteniendo una gran furia.

Desde el principio, no le había parecido buena idea que Samanta buscara a Gaspar. Después de presenciar los métodos de Gaspar, Noelia le tenía miedo. Los empresarios no mueven un dedo si no hay un beneficio. ¿Cómo podría Samanta competir con él?

—Samanta, ya no vayas a ver a Gaspar, no vaya a ser que te tienda otra trampa —le aconsejó Noelia en voz baja.

Los ojos de Samanta se llenaron de una inmensa frustración. Se dio cuenta de que, si Gaspar había redactado un nuevo contrato, era una señal de que le temía a Leandro. No quería enfrentarse a él por su culpa.

«¡Ja! Gaspar, ¿tú también tienes miedo?», pensó.

«Pues que se preparen para los abogados de la familia Serrano. Samanta, te haré pagar por esto».

Si ella tenía frío, él tenía que darle su saco; de lo contrario, si se resfriaba, tomaría medicamentos y se pondría inyecciones, lo que afectaría la donación de sangre para su madre. Todas sus pequeñas artimañas las usaba con él, siempre causando algún pequeño problema dos semanas antes de la donación programada.

Disfrutaba de la atención de Gaspar, como si fuera su novio. Recordaba una vez, durante la peor época de la pandemia, cuando un virus mortal se había cobrado miles de vidas. Al salir del aeropuerto, todo el mundo llevaba cubrebocas bien puestos.

Pero ella fue caprichosa y se negó a usarlo. Gaspar se lo recordó varias veces con voz seria, pero ella siguió con su actitud consentida hasta que, en medio de la multitud del aeropuerto, levantó la vista y le exigió con coquetería:

—Quiero que me lo pongas tú.

Esa vez, sin importarle la gente que iba y venía por el aeropuerto, Gaspar le puso personalmente el cubrebocas. En momentos como ese, Samanta se sentía la persona más feliz del mundo. Si no fuera por Micaela, si Gaspar no estuviera casado y no tuviera hijos, ¿cómo no iba a ser ella su mujer?

***

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