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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1272

Micaela mantenía una expresión serena, como siempre. En ese momento, sonó su celular; era una llamada de Jeremías. Se dirigió a la anciana.

—Abuela, voy a contestar.

Micaela tomó la llamada y se alejó unos pasos con el celular en la mano.

Gaspar se acercó a su abuela, y ella levantó la vista para fulminarlo con la mirada.

—¿Oíste lo que acaba de decir Micaela?

Gaspar asintió con la cabeza.

Florencia lo miró, molesta.

—Desde un principio no debiste ocultárselo. Nos engañaste a todos y, para colmo, dejaste que Samanta la humillara.

La mirada de Gaspar seguía la silueta de Micaela a lo lejos.

—Me equivoqué —dijo en voz baja.

—¿Y de qué sirve que lo reconozcas ahora? —La abuela sentía una mezcla de enojo y lástima—. Micaela ya no quiere saber nada de ti.

Después de decir esto, la anciana esperaba alguna respuesta de su nieto, pero se dio cuenta de que él se había quedado en silencio otra vez, con la vista fija en la dirección donde Micaela hablaba por teléfono.

Enojada, le dio una palmada en la espalda.

—Este carácter tuyo tan cerrado, ¿cuándo lo vas a cambiar? ¿Cómo es que Micaela se fijó en ti?

Tras decir eso, ya sin ganas de lidiar con su nieto, se dirigió hacia la sala. Después de unos pasos, se giró para mirar una vez más a la joven pareja y soltó un suspiro. Florencia sabía perfectamente que los sentimientos de su nieto seguían puestos en Micaela. Se preguntaba si llegaría a verlos juntos de nuevo antes de morirse.

Gaspar se quedó inmóvil. ¿Cómo no iba a saber lo que su abuela quería escuchar? Pero aunque quisiera decirlo, ya era demasiado tarde. Micaela ya había encontrado a alguien que la hacía feliz. Lo único que le quedaba era hacerse a un lado.

Micaela colgó el teléfono y notó que la abuela se había ido, pero Gaspar seguía ahí de pie, mirándola con una expresión indescifrable.

Gaspar observó la espalda de Micaela hasta que desapareció tras la puerta. Lentamente, se llevó una mano al pecho; el dolor sordo que sentía casi no lo dejaba respirar.

Poco después, sacó del bolsillo una cajetilla de cigarros y un encendedor. La punta roja del cigarro brillaba y se apagaba en la oscuridad que empezaba a caer. Se suponía que este viaje era para relajarse con su familia, pero en ese momento, su mirada estaba cargada de agotamiento. Dio un par de caladas que aliviaron la molestia en su corazón, y luego lo apagó. Se enderezó y caminó hacia la sala.

No podía entrar con el fuerte olor a cigarro impregnado en la ropa; su hija lo respiraría al acercarse a él.

La cena ya estaba servida. Una mesa llena de platillos abundantes. La abuela invitó a todos a sentarse. Cuando Gaspar se acercó, el lugar junto a Micaela estaba reservado para él.

—Papá, ven a comer —lo llamó Pilar, mientras señalaba una pieza de pollo—. Mamá, quiero la pierna de pollo grande.

A Micaela le hizo gracia la cara de antojada de su hija y le sirvió la pieza en su plato. Pilar, feliz, se puso unos guantes y empezó a comer con las manos.

—Mica, come tú también, te ves más delgada últimamente —le dijo la abuela.

***

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