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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1337

En ese instante, el celular de Micaela vibró con un mensaje. Era de Gaspar.

[Tengo un viaje de negocios de tres días. Te encargo a Pilar.]

Micaela miró el celular y respondió.

[Tú concéntrate en tu trabajo. Yo cuidaré bien de Pilar.]

En ese momento, el hombre alto y fornido que salía de su casa vio el mensaje y una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Al menos ahora las respuestas de Micaela ya no eran monosílabos.

Enzo giró la cabeza para mirar la cafetería de al lado, pensando si debería comprarle un café a su jefe para el camino.

De repente, vio una figura familiar junto al ventanal. Era Micaela.

Aunque sabía que Micaela estaba descansando en casa estos días, no le pareció extraño verla en la cafetería de su fraccionamiento.

Mientras Enzo observaba, vio que en el asiento vacío frente a Micaela se sentaba un joven con una sencilla camisa blanca. El primer pensamiento de Enzo fue que era alguien que intentaba ligársela.

Pero al segundo siguiente, su idea cambió. Micaela le estaba diciendo algo con una sonrisa al joven, quien inmediatamente se puso de pie e, inclinándose respetuosamente, le estrechó la mano.

Enzo se quedó atónito por un momento, observando al muchacho con atención a través del cristal.

Parecía tener poco más de veinte años, con un rostro bien parecido, como un estudiante universitario recién salido de la escuela; tan limpio y apuesto como el brillante sol de la mañana sobre su cabeza.

En ese momento, Micaela y Fernando ya habían comenzado su conversación. Micaela fue directo al grano:

—Fernando, he visto tu currículum y es excelente. Tu línea de investigación me interesa mucho. ¿Podrías hablarme en detalle sobre tu tercer proyecto?

Al hablar de su campo de especialización, los ojos de Fernando se iluminaron y comenzó a explicarle a Micaela su enfoque de investigación con una claridad impecable.

¿Quién era ese muchacho?

¿Por qué Micaela lo trataba tan bien?

Incluso a través de la ventana, se notaba que era un chico… joven y lleno de vitalidad.

Enzo observaba con cautela la expresión de su jefe. Vio que su mirada seguía fija en Micaela, con la mandíbula tensa y una atmósfera pesada emanando de él.

—Señor Gaspar… —intentó decir Enzo—. ¿Quiere que vaya a averiguar?

Antes de que Enzo terminara de hablar, Gaspar ya había abierto la puerta del carro de un empujón y, con una zancada, bajó.

Enzo se desabrochó rápidamente el cinturón de seguridad y bajó tras él.

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