Al sentirse repentinamente en el aire, Micaela soltó un pequeño grito ahogado y, por puro reflejo, le rodeó el cuello con los brazos.
—Te llevaré cargando —dijo Gaspar con su voz profunda y grave.
—No hace falta —replicó Micaela, intentando soltarse, forcejeando levemente.
—No te muevas —Gaspar bajó la mirada hacia ella. Su tono era suave, pero llevaba implícita una orden que no admitía discusión.
—Gaspar... bájame —insistió ella, manteniéndose firme.
Sin embargo, el hombre la ignoró por completo. La mantuvo sujeta en sus brazos, cargándola como si fuera una pluma, y comenzó a caminar hacia adelante.
Aunque ya eran las nueve de la noche, todavía quedaban algunos invitados en la terraza del mirador. Micaela sintió que se habían convertido en el centro de atención.
No le quedó más remedio que esconder un poco la cara contra el pecho de él, sintiéndose sumamente incómoda.
Gaspar apretó el agarre de sus brazos y caminó con paso firme hacia donde había dejado su carro, ignorando olímpicamente las miradas curiosas de los demás.
Micaela solo quería volverse invisible.
Bajo la luz de la luna, un hombre alto y fornido cargando a una mujer vestida de gala y caminando por la orilla de la costa... La escena, para los espectadores, era tan perfecta que parecía sacada de una película romántica; nadie podía evitar voltear a verlos.
Gaspar mantenía parte de su atención en el camino, pero la otra parte estaba completamente centrada en la mujer que llevaba en brazos. En el aire podía percibir el suave aroma de su cabello, algo que hizo que su corazón se agitara ligeramente.
Micaela no supo cuánto tiempo la llevó así, pero finalmente llegaron junto a su carro. Cuando él la bajó, sus piernas, por alguna extraña razón, se sintieron un poco débiles.
Se sentó en el asiento del copiloto y notó que sus mejillas estaban inusualmente calientes.
Gaspar sacó una botella de agua de la cajuela y, con un gesto considerado, le desenroscó la tapa.
—Toma un poco.
Micaela tenía sed, así que la tomó y bebió unos tragos. Luego buscó la tapa para cerrarla, pero se dio cuenta de que seguía en la mano del hombre.
—Dámela —dijo Gaspar, extendiendo la mano hacia ella.
Micaela le pasó la botella a medio terminar, pensando que él la cerraría y la guardaría. Pero para su sorpresa, el hombre se llevó la botella a los labios y se terminó el agua restante de un solo trago.
Ella se quedó pasmada un segundo, parpadeó un par de veces y volteó la cara hacia la ventana. Antes, compartir una botella de agua era lo más normal del mundo para ellos, pero después de tres años de divorcio, ese gesto se sentía demasiado íntimo, casi ambiguo.
En ese momento sonó el teléfono del carro de Gaspar. La pantalla mostraba el nombre de Adriana.
Gaspar entrecerró los ojos.
—¿Tan tarde y vas a seguir trabajando?
Micaela asintió.
—Por la noche tengo la mente más clara, se me facilita más.
Gaspar quiso decir algo más, pero se tragó las palabras. Al fin y al cabo, con su estatus actual, no tenía ningún derecho a controlar la vida de ella.
Pisó el acelerador. No iba demasiado rápido, pero mantuvo una velocidad constante rumbo a casa para que ella pudiera llegar a sus pendientes.
—Si necesitas ayuda en algo del trabajo, no dudes en decirme. Aunque no sea un proyecto de mi empresa, puedo apoyarte con recursos —ofreció Gaspar con voz grave.
Micaela no se hizo del rogar y asintió.
—Está bien.
Su proyecto de investigación actual caía bajo el paraguas de la cámara de comercio que él presidía, así que, si había algo en lo que él pudiera ayudar, se lo pediría.

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