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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1427

Micaela apretó las manos sobre su regazo. Tal vez su hija no entendía todas las palabras de Samanta, pero seguro sintió la maldad en ellas.

—Por favor, haz que esa mujer desaparezca. No quiero que vuelva a lastimar a mi hija —dijo Micaela con un tono cargado de un desagrado que no podía disimular.

Gaspar giró el volante hacia la orilla y detuvo el carro. Miró a Micaela con preocupación genuina.

—Lo siento mucho, es mi culpa. Te prometo que no volverá a aparecerse frente a Pilar ni frente a ti.

Micaela desvió la mirada, guardando silencio. Su hija era su límite; cualquiera que la lastimara no merecía perdón.

El interior del carro quedó en un silencio pesado. Gaspar no arrancó de inmediato. Sabía que todo esto era consecuencia de sus actos y que el dolor de Micaela venía de ahí.

—Perdóname, de verdad —su voz sonaba ronca y llena de remordimiento.

Micaela no volteó; no tenía ganas de hablar.

—Ya arreglé que se vaya del país en tres días. No podrá pisar suelo nacional en cinco años —continuó Gaspar—. Te juro que Pilar no volverá a verla en su vida, y mucho menos dejaré que se te acerque a ti.

Micaela se giró sorprendida. Sus ojos, limpios pero cansados, lo escrutaron. Conocía los métodos de Gaspar; si decía algo así, era porque podía cumplirlo. En el fondo, ya no tenía caso remover el pasado entre él y Samanta.

La luz de la calle entraba por la ventana, iluminando el arrepentimiento profundo que Gaspar llevaba en la mirada. Micaela lo sostuvo con la vista un largo rato, tanto que los ojos de él empezaron a brillar, como si la humedad de unas lágrimas contenidas reflejara la luz exterior.

Al notarlo, Micaela se quedó pasmada un instante. Luego dijo en voz baja:

—Vámonos. Hay que llegar pronto por Pilar.

—Está bien —respondió él, encendiendo el motor de nuevo y manejando con suavidad hacia el edificio.

—¡Mamá! —gritó Pilar al verla y corrió a abrazarle las piernas.

Micaela se agachó para abrazarla, acariciando su cabecita. Al ver su sonrisa inocente, respiró tranquila; la niña era más fuerte de lo que pensaba.

—Mica, ya llegaste —saludó Florencia acercándose.

—Abuela, buenas noches —respondió Micaela poniéndose de pie.

—Supe que ya eligieron la escuela de Pilar y que Gaspar ya encontró casa y están remodelando.

—Sí, ya casi es septiembre. Queremos mudarnos antes de que entre a clases.

***

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