Micaela asintió.
—Sí, era él.
—¿Cómo van las cosas por allá? —preguntó Adriana con preocupación en los ojos.
—Lo está resolviendo, no te preocupes —la consoló Micaela.
Adriana sintió un calorcito en el pecho. Desde que Micaela regresó de su intercambio en el extranjero, la relación con su hermano había cambiado para bien, casi como cuando estaban casados. Y ahora que Gaspar había propuesto lo de las villas vecinas y Micaela aceptó, significaba que solo los separaría una pared. Compartirían jardín, cochera, cuidarían a la niña juntos y seguramente comerían juntos.
Si su hermano le echaba ganas... tal vez podría reconquistar a Micaela y hacerla su cuñada de nuevo.
Después de cenar con los Ruiz, Micaela se llevó a su hija a casa. Al día siguiente era fin de semana y pensaba quedarse con ella.
El sábado llegó Emilia con su bebé recién destetado. Pilar jugó a ser la hermana mayor cuidando al niño, mientras las dos amigas aprovechaban para platicar de cosas privadas.
Micaela tenía muchas cosas guardadas que quería contarle. Cuando le explicó la verdadera razón por la que su padre aceptó que se casara, Emilia se quedó en shock.
—¿Qué? ¿Tu papá dejó que dejaras la carrera para casarte con Gaspar porque él invirtió millones en el laboratorio? ¿Lo hizo para salvarte?
Micaela asintió.
Cuando Gaspar salía de viaje, Micaela la llamaba en la madrugada para llorar, preguntándose si era su culpa, si ya no era atractiva, porque para ese entonces Samanta ya era una pianista famosa y brillante.
—¿Y por qué no te explicó nada? No creo que le costara mucho decirte la verdad —dijo Emilia, y luego ató cabos—. ¿O será que Samanta no lo dejaba hablar? Digo, como era la única donante de sangre para la familia Ruiz, seguro se sentía con mucho poder.
Micaela asintió levemente.
—Sí, tenían un contrato.
***

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