En el país ya había amanecido. Micaela guardó los documentos que le faltó revisar la noche anterior en su maletín. Al bajar las escaleras, vio que Pilar Ruiz y Pepa estaban jugando a las adivinanzas en el sofá de la sala.
Micaela sintió un piquete de culpa; por el trabajo, todavía pasaba muy poco tiempo con su hija. Dejó el maletín y se acercó a ella.
—Hoy voy a salir más temprano para estar contigo.
—Mami, ya casi es el cumpleaños de papá. ¿Le vas a preparar un regalo? —preguntó Pilar levantando la carita.
Micaela se quedó en blanco. ¿El cumpleaños de Gaspar?
¡Es cierto! El doce de agosto era su cumpleaños. Cuando estaban casados, se acordaba cada año, pero en los tres años de divorcio se le había olvidado, o más bien, no era una fecha que guardara en la mente.
—Sí, le voy a preparar un regalo —asintió Micaela, acariciando la cabecita de su hija—. ¿Necesitas que te ayude con el tuyo?
—No, yo solita le voy a hacer una tarjeta —sonrió Pilar.
Micaela se dio cuenta de que su hija ya estaba creciendo y se estaba volviendo muy considerada. Sus facciones ya se definían más. Se inclinó y le dio un beso.
—Bueno, mamá se va a trabajar.
—¡Ándale! Al rato papá pasa por mí.
Ayer en la noche Gaspar le había llamado para decirle que hoy llevaría a la niña al campo de golf a enseñarle a jugar.
De camino al trabajo, Micaela se puso a pensar en el regalo. Corbatas, cinturones, rasuradoras...
Esos regalos ya no eran apropiados. Entonces, ¿qué podía darle?
Al final, pensó en una pluma fuente. Era práctica y no se sentía demasiado íntima.
Decidida, Micaela se concentró en manejar.
—Gracias por el esfuerzo —dijo Micaela en voz baja, agradeciéndole que le dedicara tanto tiempo a la niña.
—Es mi deber —respondió Gaspar—. Pilar dijo que se le antojaban unos tamales, así que Sofía fue a comprar las cosas. ¿Quieres subir a cambiarte o bañarte primero?
Micaela olió su ropa; traía un ligero aroma a desinfectante. Antes también tenía la costumbre de cambiarse al llegar a casa por la niña.
Asintió y subió las escaleras.
Gaspar la siguió con la mirada hasta que desapareció. Se recargó de nuevo en el sofá y siguió viendo el partido con volumen bajo, acompañando a su hija.
Pilar se sentía muy segura junto a su papá. Estaba concentradísima en los bloques, pensando cómo armar una parte difícil.
Pepa se volvió a echar a los pies de Gaspar, levantando de vez en cuando la cabezota para que le hicieran cariño.
Veinte minutos después, Micaela bajó ya bañada. Traía el pelo suelto, recién secado, cayéndole suave sobre los hombros.

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