Gaspar reaccionó y miró la carita inflada de su hija, sonriendo con ternura.
—Sí, papá te escucha.
Después de cenar, Gaspar manejó el carro de Micaela para llevarlas a casa. Por la noche, recibió la llamada de Adriana Ruiz; ya estaba haciendo los arreglos.
Micaela buscó información sobre la villa privada. Estaba en lo profundo de una montaña, un lugar exclusivo donde la gente de dinero iba a vacacionar. El entorno ecológico era excelente.
Quedaba a unos doscientos kilómetros por carretera.
El plan se armó rápido: saldrían el viernes en la tarde y regresarían el lunes en la mañana.
Micaela dejó todo listo en el trabajo.
Una caravana de seis vehículos salió discretamente de la ciudad rumbo a las montañas. En el camino, Pilar iba feliz como una lombriz, pegada a la ventana viendo el paisaje y haciendo mil preguntas que Gaspar respondía con paciencia.
Micaela iba en el carro con la abuela; iban platicando y disfrutando la vista. La señora estaba muy contenta.
Los doscientos kilómetros se fueron rápido, en tres horas llegaron. Al entrar a la zona de montaña, el aire se sentía mucho más fresco.
Todo era verde. La hacienda tenía un estilo antiguo, tipo colonial, que se mezclaba con la naturaleza, pero se notaba el lujo.
El administrador ya los estaba esperando y los recibió con entusiasmo para llevarlos a las dos villas independientes.
—Mira qué arquitectura tan bonita —a la abuela le encantaban las cosas antiguas, estaba fascinada con el viaje.
A la hora de repartir las villas, Pilar gritó:
—¡Yo quiero estar en la misma villa que mi papá y mi mamá!
Adriana estaba esperando justo eso.
—Perfecto, entonces yo me quedo con mi mamá en la otra. ¡Decidido!
Micaela no puso objeción. El viaje era para su hija, para que tuviera un recuerdo feliz antes de que terminaran las vacaciones.
Gaspar se quedó en una habitación de huéspedes en el segundo piso, y Micaela con su hija en la recámara principal del tercero.
Micaela salió al balcón. La vista de las montañas era impresionante; se notaba que le habían metido mucho dinero al lugar, todo era de primer nivel.
—Mamá, voy a jugar con mi tía —Pilar ya se moría por salir.
—Ten cuidado —le dijo Micaela.
—Perdón —dijo él en voz baja—. No fue a propósito.
Micaela sintió que le ardía la cara.
—Ve a ver a Pilar, yo termino de arreglar aquí.
—No tienes que ser tan distante conmigo —Gaspar se levantó y la miró.
—Es que no estoy acostumbrada... —Micaela intentó explicar; sabía que había reaccionado de más.
—¿A qué? —preguntó Gaspar, tanteando el terreno—. ¿A estar bajo el mismo techo que yo?
La pregunta fue tan directa que el corazón de Micaela se aceleró. Levantó la vista, se encontró con esa mirada que la estudiaba y respondió con sinceridad:
—Un poco de todo.
Gaspar asintió y dio un paso atrás.
—Lo entiendo. Voy con Pilar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Divorciada: Su Revolución Científica