—¡Va!
Alrededor de las seis, llegó el coche de Adriana Ruiz. Pilar bajó del vehículo y echó a correr por el jardín. Al escuchar la voz de su pequeña dueña, Pepa salió disparada de la casa para recibirla.
—¡Pepa! —gritó Pilar emocionada.
Micaela y Gaspar salieron de la sala y, al ver la tierna escena de la niña jugando con el perro en el jardín, no pudieron evitar sonreír.
—¡Papá, mamá! —Pilar corrió hacia ellos y se lanzó a los brazos de Micaela—. ¡Me encanta la casa nueva!
Micaela acarició el cabello de su hija.
—A partir de ahora, viviremos aquí.
—¡Sí! Y viviremos aquí con papá —enfatizó Pilar, como si evocara sus recuerdos pasados, esa sensación de felicidad al estar rodeada por sus dos padres.
Al escuchar esas palabras llenas de apego y alegría, Gaspar sintió una punzada en la parte más blanda de su corazón. Se puso en cuclillas para quedar a la altura de su hija.
—Así es, papá vivirá aquí también. De ahora en adelante, podré llevarte a la escuela todos los días, ir por ti a la salida y cuidarlas siempre.
Los ojos de Pilar brillaban intensamente mientras asentía con fuerza.
—¡Sí! ¡Qué bien! —Luego, recordando algo, añadió—: Papá, prometiste que mañana me llevarías a ver a Viviana, ¿verdad?
—Sí, mañana te llevaré a ver a Viviana y al señor Montoya. Haremos un pícnic juntos —confirmó Gaspar con una sonrisa.
—¡Súper! Por fin podré ver a Viviana. —Pilar dio un saltito de felicidad.
Adriana se acercó para saludar.
—Hola, Micaela.
En ese momento, Pilar volteó a verla.
Y, por supuesto, ya no se hacía ilusiones tontas. Era consciente de la brecha que había entre ellos y sabía que no estaba a la altura de un hombre como Jacobo.
Antes, amparada en su apellido y en la protección de su hermano mayor, había desarrollado una arrogancia y una confianza ciega, persiguiendo a Jacobo sin descanso y poniéndose en ridículo varias veces.
Pero las experiencias del último año la habían hecho madurar; su mentalidad había cambiado por completo.
Aunque sus estatus sociales seguían siendo compatibles, la excelencia de Jacobo era algo que la Adriana actual no podía alcanzar ni poniéndose de puntitas.
Ahora solo quería tener los pies en la tierra, hacer bien sus cosas, no causarle problemas a su hermano y dejar de anhelar lo que no le correspondía.
Respiró hondo y pisó el acelerador. El sol del atardecer iluminaba su rostro, revelando unas facciones que habían perdido la inmadurez infantil y ganado una serenidad nueva.
En la villa de Micaela, Sofía preparaba la cena mientras Pilar llenaba el nuevo hogar con sus ocurrencias y risas.
Sofía, ocupada en la cocina, echó un vistazo hacia la sala y sonrió para sus adentros. Por fin veía una esperanza real de que esa familia se reuniera.

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