Micaela se quedó atónita un momento, hasta que escuchó a su hija tirando de su mano:
—Mamá, ¡tú también tienes que decirle buenas noches a papá!
Micaela comprendió de qué se trataba el secreto que le habían susurrado.
Tomó a su hija de la mano y, sin mirar al hombre a su lado, murmuró:
—Buenas noches.
Dicho esto, se llevó a la niña.
De regreso en la casa de Micaela, la pequeña levantó la cabecita y dijo:
—Mamá, me acuerdo que antes papá nos decía buenas noches todos los días y nos daba un beso.
Micaela supuso que la niña estaba recordando viejos tiempos, así que solo respondió:
—Mmm, sí.
La pequeña dio un par de saltos de alegría y subió a lavarse los dientes para irse a dormir.
Esa noche, Pilar estaba acostada en los brazos de Micaela. Parpadeó con sus grandes ojos y, pensando en algo, abrazó a su madre de repente y dijo con voz lastimera:
—Mamá, no quiero que tú y papá se vuelvan a separar nunca.
Las palabras repentinas de su hija golpearon como un pequeño martillo en la parte más sensible de su corazón. Su respiración se detuvo por un segundo y, por instinto, abrazó más fuerte a la niña.
Pilar no dijo nada más; se acomodó en sus brazos y al poco rato se quedó dormida.
Micaela suspiró suavemente. Ella, en cambio, perdió el sueño.
Por estar obsesionada con la idea de la «deuda de gratitud», y por ser demasiado sensible e insegura, nunca tuvo suficiente confianza en su matrimonio, permitiendo que los malentendidos crecieran en las sombras.
Cuando Micaela dejó el celular, se dio cuenta de que tenía las comisuras de los ojos húmedas.
Se limpió las lágrimas, se quitó los audífonos y abrazó suavemente a su hija. La pequeña, igual que cuando era bebé, buscó acomodarse en el hueco de su brazo, frotando su carita inconscientemente contra el cuello de su madre.
El fin de semana pasó volando tras una vuelta por el centro comercial.
Llegó el primero de septiembre.
Micaela vistió a su hija con el uniforme escolar, le puso la mochila y se dirigieron a la escuela. El director y los coordinadores estaban en la entrada recibiendo a los nuevos alumnos.
Cuando Micaela y Gaspar entraron de la mano de Pilar, el director se adelantó para recibirlos y extendió la mano:
—Señor Ruiz, señora Ruiz, buenos días.

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