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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1571

Micaela se tensó por un instante. Ver a aquel hombre, que solía ser un pilar inquebrantable y parecía todopoderoso, convertido ahora en un niño indefenso, le partió el alma.

Sintió una punzada de dolor en el pecho. Aunque ella también estaba triste, la muerte era lo único que nadie podía controlar.

Lo único que podía hacer era ofrecerle un hombro en el que apoyarse cuando lo necesitara.

Sintió la humedad de las lágrimas calientes empapando la ropa de su hombro. Intentó levantar la mano y le dio unas suaves palmadas en la espalda, tratando de consolarlo.

—La abuela... se va —dijo él en voz muy baja, cargada de un dolor infinito.

La tristeza contenida de Micaela se desbordó, y sus propias lágrimas cayeron en silencio.

En ese momento, Damaris abrió la puerta, con los ojos enrojecidos.

—Entren todos.

Ambos entraron en la habitación y escucharon el llanto desconsolado de Adriana.

En la cama, Florencia yacía tranquila, como si estuviera dormida, pero ya no respiraba. Todo estaba en calma absoluta.

La mente de Micaela se quedó en blanco. Las lágrimas rodaron por sus mejillas sin control. Vio a Damaris desplomarse junto a la cama, seguida por los hermanos Ruiz. Detrás de ellos, el médico entró apresuradamente para hacer la revisión final.

Micaela también se acercó despacio a Gaspar, sin poder contener las lágrimas.

Recordó cómo la anciana, años atrás, no le había importado lo pesado del viaje en avión para venir a cuidarla durante su recuperación postparto. Recordó su voz y su sonrisa, y se le cerró la garganta.

En su corazón, Florencia era como su propia abuela.

...

Micaela vio a Gaspar, aún arrodillado, acomodar el cabello de la frente de la anciana y besarla con reverencia. Luego se puso de pie y ayudó a levantar a su madre y a su hermana.

Al llegar junto a Micaela, abrió los brazos y la abrazó brevemente, ayudándola también a levantarse.

—Cuidaré bien de Pilar, no te preocupes.

Enzo se acercó.

—Doctora Arias, por favor.

Micaela siguió a Enzo hacia la salida. Junto al ascensor, giró la cabeza para mirar hacia el pasillo. Gaspar estaba allí, con la cabeza ligeramente agachada, dando instrucciones al médico. Mantenía la espalda recta, manejando todo con orden, como un hombre que nunca se derrumba.

Pero Micaela sabía cuán destrozado estaba ese corazón que se esforzaba por mantenerse entero bajo esa apariencia.

No miró más y entró en el ascensor.

En el camino de regreso, Micaela observaba en silencio las calles por la ventanilla. La abuela se había ido. Aquella anciana que siempre sonreía con bondad, que la llamaba "Mica" y que la apoyaba incondicionalmente, se había ido de verdad.

Sintió que un pedazo de su corazón se quedaba vacío.

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