Por la noche, Sofía preparó una cena abundante. Al ver que Micaela le servía verduras a Pilar y que la niña, al no quererlas, se las pasaba a su papá, quien se las comía con una sonrisa, Sofía entendió todo y soltó un suspiro de alivio en secreto.
Después de tanto esperar, parecía que finalmente llegaría el día en que esa pareja se reconciliara.
Al terminar de cenar, Micaela subió a trabajar, mientras que Pilar se fue a la casa de Gaspar a jugar.
Micaela estaba revisando unos documentos cuando sonó su celular. Vio que era Tadeo.
—¡Bueno! ¿Qué pasó, Tadeo?
—Micaela, hubo un problema con el equipo en la aduana. El trámite no ha avanzado y todavía no lo liberan. ¿Crees que podrías pedirle al señor Ruiz que nos eche la mano? Quizá él pueda mover alguna palanca.
El equipo que Gaspar había comprado era para el laboratorio de Micaela, por lo que en los formularios de importación se había puesto la dirección del laboratorio a nombre de ella, y Tadeo era el encargado del papeleo aduanal.
—Está bien, enterada. Veré qué puedo hacer —lo tranquilizó Micaela.
—Micaela, ese equipo lleva días atorado. Si logras que el señor Ruiz intervenga, seguro se acelera el proceso —insinuó Tadeo desde el otro lado de la línea, sugiriendo que, por el bien del trabajo, valía la pena molestar a Gaspar.
—Sí, espera noticias mías.
Micaela colgó, se quedó mirando el archivo en la pantalla de la computadora unos segundos y, finalmente, se levantó para ir a buscar a Gaspar.
Si hubiera sido hace unos días, probablemente habría preguntado a medio mundo antes de recurrir a él, considerándolo solo como última opción, pero ahora...
Micaela ya no tenía por qué andar con rodeos.
En la sala de Gaspar, Pilar jugaba con un juguete nuevo. Gaspar estaba sentado a su lado, mirándola con una expresión tan tierna que parecía irreal.
—Mamá —dijo Pilar al escuchar los pasos, levantando su carita—, mira lo que dibujé.

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