Micaela, de pie frente al tocador mientras se aplicaba crema facial, preguntó con curiosidad a través del espejo:
—¿Qué expertos son?
Gaspar se acercó y mencionó varios nombres.
Micaela abrió ligeramente los ojos. Esos nombres... cualquiera de ellos por separado era suficiente para sacudir al mundo médico. Pioneros en neurociencia, terapia génica, y un académico que casi nunca aparecía en público...
—¿Cómo lograste invitarlos? —no pudo evitar preguntar.
Gaspar sonrió, se acercó y se paró detrás de ella, apoyando las manos a ambos lados del tocador y rodeándola entre sus brazos.
—Tengo mis contactos —le dijo a la mujer en el espejo, mientras sus labios succionaban suavemente el lóbulo de su oreja—. Por algo soy quien soy y tengo los contactos que tengo.
Micaela no se apartó. Mirándolo en el espejo, de repente no supo qué decir.
Él sabía que lo que ella necesitaba no era solo dinero.
El dinero podía comprar equipos, contratar talento y mantener el laboratorio funcionando, pero en este campo, lo que realmente escaseaba no era el capital, sino los recursos, los contactos, la oportunidad de que aquellos en la cima la miraran y la escucharan.
Él le estaba pavimentando un camino a largo plazo.
—Gaspar —lo llamó en voz baja.
—¿Mmm? —La mirada profunda del hombre le sonreía a través del espejo.
—Gracias. —El agradecimiento de Micaela era sincero.
Él bajó la cabeza, enterró el rostro en el hueco de su cuello y soltó una risa ahogada.
—Otra vez con eso. Si de verdad quieres agradecerme, prefiero hechos y no palabras.
Micaela se dio la vuelta. La luz del sol entraba por la ventana, bañando el cabello entrecano del hombre con un tono dorado pálido. Micaela extendió la mano para acomodárselo y notó que las raíces negras eran cada vez más evidentes; su cabello realmente estaba recuperando su color.
En realidad, con la relación que tenían ahora y con lo ocupado que él estaba con su propio trabajo, no tenía por qué tomarse la molestia de hacer todo esto. Pero lo hacía, y para ella eso significaba mucho.
Podría simplemente limitarse a estar con ella y con su hija cuando llegara de trabajar, pero no; estaba usando sus propios medios para impulsarla hacia adelante.
Micaela miró la hora en su reloj de pulsera y levantó la vista hacia él.
—Tengo que irme.
Sin embargo, el hombre mantenía los brazos apoyados en el tocador sin intención de apartarse, manteniéndola en su cerco como si esperara algo.
Micaela reaccionó y le dio un beso en la mejilla.


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