Pilar volteó a ver a su papá justo cuando la mirada de Micaela, cortante como un filo, la atravesó de lado a lado.
Gaspar notó el gesto de Micaela. Bajó la cabeza y, con una ternura que solo un padre sabe dar, acarició la cabeza de su hija.
—Pilar, mi niña, hoy en la noche tengo que seguir trabajando —dijo con una voz suave, como si intentara disipar cualquier atisbo de tristeza.
—Pero... —Pilar infló las mejillas, a punto de protestar.
—El fin de semana te llevo al acuario, ¿qué te parece? —Gaspar alzó la vista hacia Micaela, esperando que ella diera su visto bueno.
—¿De verdad? ¡Prométemelo! —Pilar ya había alzado su dedo meñique, lista para sellar el trato. Gaspar, sonriendo, enganchó su dedo con el de la niña.
—Papá, no puedes romper tu promesa, ¿eh? Me voy a acordar —dijo Pilar con una seriedad divertida.
—Te doy mi palabra, mi niña. No voy a fallarte —afirmó Gaspar, seguro de sí.
En cuanto Gaspar salió, Pilar giró hacia su mamá:
—Mamá, ¿tú también vas a venir con nosotros al acuario?
—Voy a ver si puedo, mi amor. Depende del tiempo que tenga —respondió Micaela, tranquila.
Pilar, feliz con la respuesta, se fue corriendo al sillón para seguir jugando con sus juguetes.
Micaela tenía muy claro que aunque pudiera borrar a Gaspar de su propia vida, nunca lograría separar el lazo entre padre e hija. Ese vínculo era tan profundo como el mar.
Al rato, Sofía llegó para ayudar a Pilar a bañarse, y Micaela aprovechó el silencio para encerrarse en el estudio y repasar, una vez más, el discurso que daría al día siguiente.
...
El miércoles amaneció con un aire de expectativa. En el salón de banquetes del Gran Hotel Alhambra, la Fundación de la farmacéutica Ruiz celebraba su ceremonia inaugural.
Micaela llegó temprano, acompañada de Franco, quien la escoltó por todo el hotel mientras supervisaban los últimos detalles. La decoración deslumbraba: luces, flores y arreglos que transformaban el lugar en un escenario de lujo. Personalidades influyentes, expertos médicos y periodistas comenzaban a llenar el recinto.
Ese día, Micaela llevaba un conjunto de traje blanco perla. Su cabello, recogido con elegancia, le daba un aire de autoridad y sofisticación. Como invitada principal para el discurso, su asiento se encontraba en la segunda fila, justo al centro.
Revisó los nombres en las tarjetas de la mesa, buscando entre ellos. No vio a Adriana ni a Samanta. Mejor así, pensó, no tenía ganas de lidiar con ninguna de las dos.
—Señorita Micaela, dicen que el señor Gaspar donó cinco mil millones de pesos para esta fundación —comentó Franco, casi susurrando. No era cualquier cifra; en el mundo de la filantropía, semejante donativo marcaba la diferencia.
Micaela asintió apenas, su mirada se detuvo en el podio, donde la placa con el nombre de Gaspar relucía en el primer lugar. No le sorprendió en lo absoluto.
—Señorita Micaela, todavía falta para que empiece, ¿por qué no pasa a descansar un rato en el salón de espera? —sugirió Franco, siempre atento.
Había calculado que Micaela llegaría antes de lo previsto; al fin y al cabo, era su evento, y seguro aprovecharía para revisar todo. No se equivocó.
—Sabía que te iba a encontrar aquí —dijo Jacobo, esbozando una media sonrisa. Le pidió a la mesera una bebida y cerró la puerta tras de sí.
Hoy traía un traje gris oscuro, perfectamente ajustado. En la corbata, un alfiler de zafiro azul le daba un toque elegante y sobrio.
Notó que Micaela tenía el iPad en las manos.
—¿Vas a repasar el discurso? —preguntó, curioso.
—Estoy revisando unos pendientes del trabajo —contestó Micaela, y sonrió.
Jacobo sabía bien que, aun sin preparación, ella podía dar un discurso espectacular.
—Viviana quiere una mascota, un perrito o un gatito. Estoy pensándolo. ¿Tú qué opinas? —preguntó Jacobo, medio en broma, medio en serio.
Micaela sonrió de verdad, pensativa.
—Eso depende de lo que más le guste a Viviana —respondió, dejando ver un brillo cálido en la mirada.

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