"Está funcionando". Susurró Lyra, su voz apenas era audible.
Su padre, Joe Thompson, logró incorporarse con cierto esfuerzo, luego balanceó las piernas sobre el borde de la cama y murmuró. "Es como un milagro".
Lyra grabó cada instante, con su mente girando entre las posibilidades. La recuperación de su padre sobrepasaba cualquier esperanza que hubiera albergado. Al fin y al cabo, para los ricos, la salud era el tesoro más preciado.
"Padre, iré a llamar a mamá". Dijo Lyra, poniéndose de pie antes de salir silenciosamente de la habitación, con el corazón desbordante de emoción.
Mientras tanto, Joe observó el celular junto a su cama. Tras meses de confinamiento, sentía un torbellino de ideas en su mente, tomó aire profundamente y marcó un número al que no había llamado en años.
"¿Alfred Kingston?" Preguntó cuando la línea conectó.
"¿Joe Thompson?" Alfred contestó con asombro. "Me enteré que estabas en cama, recuperándote de un ataque cerebral".
"Mi hija consiguió un remedio creado por La Mano de Dios, es una medicina de un famoso doctor. Ya estoy recuperado". Explicó Joe, mostrando una inusual humildad que contrastaba con su carácter habitual.
Alfred conocía esa medicina. "¿Por qué me estás llamando?"
"Contrátame", le pidió Joe, tragándose su orgullo. "Dicen que te mudaste a Los Ángeles y dejaste a tu hija a cargo de Vancouver. Si puedo servirte de algo, déjame ayudar. No tengo nada más que hacer".
Todos en Vancouver sabían que Alfred y Joe eran enemigos jurados, tan incompatibles como el fuego y el agua. Que Joe le pidiera trabajar para él era un gesto asombroso, dejando de lado toda una vida de rivalidad.
"¿Por qué?" Preguntó Alfred, sorprendido.
"Quizás no tuve éxito en la política, pero no quiero fallarle a mi familia. Aún puedo trabajar, Alfred".
Tras un momento de silencio, Alfred cedió. "Bien, te nombraré consejero principal de Jasmine. Creo que tu experiencia y contactos podrán servirle de gran ayuda".
"Lo acepto. Gracias, Alfred".
Alfred suspiró, consciente del temible intelecto de Joe y su reputación. De no ser por un golpe de suerte, habría sido derrotado por él hace mucho tiempo. "Joe, si haces un buen trabajo, le hablaré de ti al nuevo rey. Está buscando gente con tus capacidades".
"Te lo agradezco, Alfred, pero ya tuve mi momento. Ahora les toca a los jóvenes, a mí me basta con ser un simple consejero. Quizás podrías ayudar a mi hija, en lugar de a mí".
"De acuerdo... si tú lo dices".
Unos minutos después, Lyra se unió a sus padres en la mesa del comedor.
"Mamá, papá", comenzó, mirando a Nancy, quien sostenía la mano de Joe firmemente mientras sus ojos brillaban con alegría ante su recuperación. "Creo que es hora de que yo lidere la familia Thompson. Con su apoyo, estoy segura de que podré devolver el honor a nuestra familia".
Joe miró entre Nancy y Lyra, con gesto de arrepentimiento. "Siento mucho las malas decisiones que tomé y nos llevaron a esta situación. Jamás pensé que un rey tan joven, apenas veinteañero, podría derrotar al viejo rey de forma tan contundente".
"Mi amor, nadie habría podido adivinarlo", dijo Nancy con voz suave. "Si el viejo rey hubiera triunfado, ahora tendríamos tanto poder como los Kingston. Pero Alfred apostó al ganador, mientras que nosotros apoyamos al perdedor. No es culpa de nadie".
Joe suspiró, abrumado por el recuerdo de sus errores pasados. "Ahora que estoy recuperado, trabajaré con Jasmine Kingston".
"¿Estás seguro?" Preguntó Nancy, sorprendida. "Fuiste el rival más feroz de Alfred Kingston".
Joe negó con la cabeza. "No me avergüenza trabajar con los Kingston. Los políticos nos adaptamos a todo, así es la vida".
"Papá, me alegra verte seguir adelante", dijo Lyra, sintiendo un alivio. "¿Y tú, mamá?"

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