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El Ángel Guardián a Mi Lado romance Capítulo 1005

—¡Otra vez se salió con la suya!

Enzo miró en dirección a Demian, con una expresión clara de disgusto dibujada en la cara.

—Pero si nuestro señor Morillo es el mejor —le soltó Pablo, encogiéndose de hombros—. No tienes por qué ponerte celoso, de todos modos no te va a servir de nada.

—Mira, nuestro jefe llegó justo a tiempo. La neta, nos salvó. Si te pones a pensar, prácticamente te salvó la vida. ¿No crees que deberías dejar de querer quitarle la esposa a tu salvador?

Enzo se quedó callado un segundo, sin poder evitar torcer la boca.

—¿Tu jefe? Mira, igual y ni siquiera quiere a esa mujer. Si él la deja ir, pues yo sí la tomo.

—Eso sí que no va a pasar, ni lo sueñes —le reviró Pablo de inmediato.

Enzo se quedó mirando a Pablo con atención, como si lo estuviera evaluando.

—Te noto muy orgulloso de tu jefe, ¿eh? ¿De plano lo admiras tanto?

—Por supuesto —respondió Pablo con cara de fan enamorado.

Enzo soltó una risa burlona y, cruzándose de brazos, se dispuso a observar la pelea entre Demian y Tobías.

La verdad, Tobías era fuerte, nadie lo negaba, pero comparado con Demian, se notaba que estaba en desventaja. Demian lo tenía bien controlado, y cada movimiento suyo era más certero, más contundente.

Regina, al principio, se notaba preocupada por Demian. Pero apenas se dio cuenta de que él era mucho más hábil que Tobías y que, en realidad, Tobías no tenía ni la menor oportunidad de dominarlo, por fin se relajó. Soltó el aire que tenía atorado y se sentó tranquilamente a un lado, con la vista fija en la pelea.

Observó a Tobías, frunciendo el entrecejo, como si estuviera analizando algo profundo.

Pasaron cerca de treinta minutos de tensión. Los golpes, las llaves, el sudor, todo llenaba el ambiente de una electricidad casi palpable.

Finalmente, Demian logró someter a Tobías. No solo eso, también ordenó que lo ataran bien, sin darle ninguna oportunidad de escapar.

—¿Quién eres tú? ¿Por qué eres tan fuerte? —exigió Tobías, la furia encendida en los ojos al ver que todos sus hombres también habían sido reducidos y amarrados como él. No le quedaba salida.

—¿Que no tengo nada en tu contra? ¿Cómo se te ocurre? Trataste de quitarme a mi esposa, y para colmo la lastimaste. ¿Por qué no habría de buscarte problemas?

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