—¿Verdad que sí? Yo también lo creo, no por nada le dicen la mejor doctora, de verdad es impresionante —comentó alguien con admiración.
Enseguida, trajeron al paciente a la sala.
El anestesiólogo se encargó de aplicar la anestesia.
Cuando la anestesia hizo efecto, Regina se preparó para iniciar la operación.
Todos los presentes se pusieron serios, atentos a cada uno de los movimientos de Regina. Nadie se atrevía a platicar ni a distraerse; cada quien estaba completamente concentrado, como si quisieran absorber cada detalle.
Cada paso que daba Regina dejaba a todos asombrados, como si estuvieran presenciando algo fuera de lo común.
—¡Qué impresionante! —murmuró uno de los médicos.
—¡Eso! ¡Justo ahí! —exclamó otro, sin poder contenerse.
—¡No puede ser, lo encontró a la primera!
Un suspiro contenido recorrió la sala, pero nadie se animaba a hablar mucho, temiendo interrumpir a Regina.
Ella seguía con la operación, concentrada al máximo, mientras la enfermera le limpiaba el sudor de la frente. Alrededor, los médicos y especialistas que observaban sentían un sudor frío recorrerles la espalda; aunque ellos no estaban operando, el ambiente era tan tenso y el caso tan complicado que no podían evitar ponerse nerviosos.
Los ojos de todos seguían los movimientos de Regina, manteniéndose en vilo.
Cada uno tenía la misma expresión de asombro y respeto.
Regina no apartaba la mirada del paciente. Continuaba con la cirugía, enfocada por completo, sin permitir que nada la distrajera.
De vez en cuando, aprovechaba para explicar a los especialistas cercanos lo que estaba haciendo.
Los expertos, al escucharla, asentían con entusiasmo, con una cara de “esto sí es aprender”.
Regina no ocultaba nada. No solo permitió que todos pudieran observar el procedimiento, sino que además les explicaba cómo se hacía y cómo podrían hacerlo aún mejor.
Como todos eran profesionales, con solo unas cuantas frases, todos comprendían perfectamente y apreciaban la calidad del trabajo de Regina.
Una sensación generalizada de “hoy sí aprendí algo” se apoderaba del grupo.
La operación se estaba volviendo eterna. Había mucho por hacer y cada paso era de alta complejidad.
Aun así, Regina realizaba cada fase a la perfección, tanto que los demás no podían evitar quedarse boquiabiertos.
A la mitad del procedimiento, lograron extraer el objeto que estaba dentro del cuerpo del paciente.
Fue justo en ese instante cuando, de repente, el área de la cirugía empezó a sangrar de forma inesperada. El paciente se puso inestable y las máquinas comenzaron a emitir alarmas por todos lados. —¡Esto no está bien!

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