—Señor Falcón, ya me dio sueño, ¿le importaría salir, por favor?
Isabella miraba con cara de fastidio a Óscar, quien no podía ocultar la incomodidad y molestia en su rostro. Sin rodeos, le estaba pidiendo que se fuera.
—No me voy a ir —Óscar ni siquiera se movió.
—El día que te acuerdes de mí, ese día me voy —soltó, clavando la mirada en Isabella con una testarudez que rayaba en lo absurdo.
Al principio, Óscar había pensado en tener paciencia y esperar a que ella, poco a poco, volviera a recordarlo. Pero cuando notó que Isabella recordaba absolutamente a todos, uno por uno, menos a él, la desesperación le ganó. No entendía cómo era posible que ella trajera a la memoria a todos menos a él. Sabía que en algún momento la había hecho enojar, que tal vez la lastimó, pero aun así, ¡no creía merecer que lo borrara por completo!
El coraje lo hacía apretar los puños. Seguía observando a Isabella, como si con la fuerza de su mirada pudiera obligarla a acordarse.
Isabella simplemente guardó silencio.
No podía hacer nada más que resignarse ante la terquedad de Óscar.
—Por más que me mires así, no voy a acordarme —le soltó Isabella, cansada.
—Además —agregó con aire de fastidio—, ahora ya te conozco, ¿no? Tú mismo me contaste lo que pasó entre nosotros antes, así que… ¿en serio importa tanto si me acuerdo o no?
—¡Ahora sí me tienes bien desvelada! ¡Me estás quitando el sueño!
—Si en verdad soy tu aprendiz, como dices, ¿no te toca cuidarme y dejarme descansar un poco? —Isabella lo miró con el ceño fruncido, visiblemente molesta—. Ya, Óscar, tu necedad me está afectando.
La situación se había ido de las manos. Isabella jamás pensó que fingir amnesia la metería en este lío con Óscar. De haber sabido, no habría dejado que Oriana se fuera; si ella estuviera aquí, seguro la habría ayudado a deshacerse de Óscar.
La sola presencia de Óscar le robaba la tranquilidad.
—Aunque sea tu maestro, no tienes por qué sentirte incómoda —Óscar la miró con una expresión dura, casi desafiante.
No sabía si de verdad Isabella lo había olvidado o sólo estaba fingiendo, pero verla tan indiferente, como si él no existiera, le calaba hondo. Era peor que cuando Isabella estaba inconsciente, porque al menos entonces no reconocía a nadie; ahora, en cambio, ella despertó y no lo reconocía solo a él. Y él era su maestro, el único, el más importante, y aun así, para ella todos los demás parecían tener más valor.

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