—¿Puedes dejar de ser tan anticuada?
Regina se quedó callada.
Bueno, sí, era una anticuada.
...
Al regresar al hotel, ambos se metieron a sus cuartos para darse una refrescada.
Cuando terminaron, Sebastián fue hasta la puerta de la habitación de Regina para invitarla a salir a cenar.
Justo en ese momento, Astrid, cuya habitación quedaba al frente, regresaba. Al verla, se encontró con Sebastián parado fuera del cuarto de Regina, cruzado de brazos, esperándola.
Astrid arrugó la frente y le lanzó una mirada a Sebastián.
Pero él, aunque claramente la había visto, no le prestó atención. Ni siquiera se molestó en saludarla.
Eso le revolvió el ánimo a Astrid.
Después de todo, ella también era una actriz reconocida. Sí, Sebastián estaba en la cima de la popularidad últimamente, pero tampoco es que ella se quedara atrás.
Habían actuado juntos, ¿qué le costaba saludarla?
¿Podía esperarse afuera de la puerta de Regina y ni siquiera dirigirle la palabra a ella? ¿De verdad la iba a ignorar así, sin más?
Astrid abrió la puerta despacio, deliberadamente, dándole a Sebastián una oportunidad de acercarse. Pero él ni se inmutó. Simplemente volvió a tocar la puerta de Regina y le pidió que se apurara.
Al ver que Sebastián seguía en su mundo, Astrid dudó un instante, pero al final, tragándose su orgullo, le preguntó con una sonrisa forzada:
—Sebastián, ¿no has cenado? ¿Te gustaría acompañarme a comer algo?
—Disculpa, ya tengo planes.
Sebastián la miró, asintió con la cabeza y le contestó sin darle vueltas.
Astrid se quedó helada.
Por más que él dijera "disculpa", no parecía ni tantito apenado.
Aquello la enfureció de verdad. Le parecía muy grosero, muy poco considerado.
No era de las que andaban invitando a cualquiera. Siempre era al revés: los demás se le acercaban a ella.
Y ahora, con Sebastián, no solo no se le había acercado, sino que cuando ella tomó la iniciativa, él la rechazó de plano.
¿Y este quién se creía?
Furiosa, Astrid azotó la puerta con todas sus fuerzas.

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