Mientras Regina andaba ocupada en el set de grabación, Isabella Sorio se recuperaba de maravilla en casa de la familia Uribe.
Aunque Oriana no era precisamente una experta en cuidar a los demás, en la familia Uribe todos sabían cómo consentir y atender a una persona. Además, la señora que ayudaba en la casa cocinaba delicioso y trataba a Isabella con tanto cariño que la consentía como si fuera una hija más.
Isabella empezó a verse diferente, se notaba a simple vista que estaba más llenita, su cuerpo por fin recuperaba peso y hasta su aspecto mejoró. Parecía más radiante y sana, con ese brillo en los ojos que tiene quien ya no carga preocupaciones. No tenía que trabajar, ni pensaba en pendientes, ni le quitaba el sueño ningún problema. Su vida, por fin, transcurría con alegría y tranquilidad.
Lo único que a veces le quitaba la paz era Óscar, quien seguía buscándola sin descanso.
A Óscar le daba vueltas en la cabeza el hecho de que Isabella no lo recordara. No podía aceptar que ella no se acordara justo de él, mientras sí reconocía a todos los demás.
Isabella, por su parte, seguía con su papel hasta el fondo: no importaba cuántas veces Óscar la buscara, ella siempre fingía no conocerlo. Ni una mirada, ni una palabra fuera de lo cordial. Después de varios intentos fallidos, Óscar ya estaba al borde de perder la paciencia.
Esa tarde, Óscar volvió a buscar a Isabella.
Cuando Oriana lo vio en la entrada, no pudo evitar poner los ojos en blanco.
—Señor Falcón, la verdad usted ya se está pasando. Isa ya le dijo que no importa si lo recuerda o no, que ya está enterada de todo lo que pasó, que ya no le interesa su pasado con usted. Ella quiere seguir adelante, cada quien por su lado, sin molestarse. ¿No sería mejor dejar las cosas así y no seguirlo intentando?
Oriana cruzó los brazos, mirándolo con una mezcla de fastidio y resignación.
—Pero no puede olvidarse de mí así como así. Recuerda a todos menos a mí, ¿por qué? —Óscar apretó los dientes y la frustración se le notaba en la cara.
Le dolía en el orgullo y en el corazón el trato indiferente de Isabella. Esa actitud tan distante le revolvía el estómago de rabia. Él pensaba que no le afectaría, que podría dejarla tranquila, pero la verdad era otra: no estaba dispuesto a aceptarlo.
Tenía que lograr que Isabella lo recordara, era una necesidad que le quemaba por dentro. Si después de recordarlo, ella seguía queriendo alejarse, entonces sí la dejaría en paz.
—Ella tiene que acordarse de mí —soltó Óscar—. Oriana, haz que salga. Quiero llevarla a pasear.
—Señor Falcón, ella no quiere salir con usted. ¿No ve que la está forzando? No va a lograr nada —replicó Oriana desde el jardín, con un suspiro de hartazgo.
—Isa ya le dijo que no; ¿por qué insiste tanto? ¿No se da cuenta de que solo está causando molestias?
—Mire, de verdad, esto ya no tiene sentido. Lo único que consigue es fastidiarla más.

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