—Si estás molesta, puedo hablar con ella y ponerle un alto.
Romeo soltó, con un tono algo preocupado:
—En este asunto, sí fue ella quien se equivocó. Pero ya fue honesta conmigo, me pidió disculpas y ahora mismo la tengo castigada, está en el país F. Cuando regrese, le pediré que venga a disculparse contigo cara a cara.
—Si hizo algo mal, lo correcto es que pida perdón y acepte el castigo —replicó Regina, encogiéndose de hombros—. Ya estuvo, si ya tuvo su castigo, pues hasta ahí.
Romeo la miró sorprendido, como si acabara de descubrir algo nuevo en ella.
—Regi, eres una buena niña. Aunque tus papás no te criaron, tu abuelo hizo un gran trabajo. ¡Qué lástima que ya no está en este mundo! Si pudiera, de verdad le daría las gracias.
Hizo una pausa y, con una chispa de emoción en los ojos, añadió:
—Y tus hermanos y tus amigos... Escuché que tus hermanos siempre están pendientes de ti, que te cuidan mucho. ¿Tú crees que querrían ser mis ahijados?
—Me gustaría adoptarlos como mis ahijados y agradecerles de corazón todo lo que han hecho por ti.
La emoción sacudió a Romeo. Se notaba en su voz, en sus gestos. Quería devolverle al mundo el favor de haber cuidado de Regina. Quería compartir con todos el orgullo de tener una hija tan brillante y especial. Parecía que deseaba que hasta el último rincón del planeta supiera que Regina era su hija.
Regina lo miró detenidamente, pensativa, y luego respondió:
—Si ustedes me tratan bien, seguro que ellos aceptarían. Lo del abuelo... bueno, sí, ya no está, pero creo que también estaría contento de ver que mis padres biológicos quieren reconocerme.
Le regaló a Romeo una sonrisa cálida. En el fondo, Regina ya había platicado de todo esto con su abuelo, aunque fuera sólo en su corazón. Si él pudiera verla desde donde estuviera, seguro estaría tranquilo.

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