Regina llegó rápidamente a casa.
Demian y sus hermanos estaban ocupados preparando la cena de Nochebuena. No sabían dónde había ido Regina, pero al verla tranquila, nadie sospechó nada.
"¡Ya estoy de vuelta!" Anunció ella, asomándose a la cocina.
Sus hermanos y Demian trabajaban en perfecta armonía: uno lavaba las verduras, otro las cortaba y otro cocinaba.
"¡Yo también quiero ayudar!" Dijo Regina, mientras se ponía un delantal con la intención de unirse a ellos.
"No hace falta, tú espera afuera," dijo Demian suavemente. "Solo son unos cuantos platos, nosotros podemos con esto. El humo de la cocina es muy fuerte para ti."
"Sí, Demi tiene razón," asintió Felipe. "Regi, mejor espéranos afuera y así nos das la oportunidad de lucirnos."
"Por cierto, Regi, ¿resolviste el asunto?" Preguntó Héctor, volviendo la cabeza.
"Sí, ya está resuelto." Respondió Regina, pensativa.
En una noche tan especial, no quería preocupar a nadie con lo sucedido. Especialmente a Demian, que se molestaría al saber que Enrique había venido a buscarla. Lo que más deseaba era que todos estuvieran felices durante las celebraciones, sin preocupaciones ni problemas.
En cuanto a Enrique y Salomé, si querían enfrentarse a la familia Jiménez, que lo hicieran, a ella no le importaba. En el pasado lo habría considerado por su abuelo, pero él mismo le había dicho que no se preocupara por ellos. Los integrantes de la familia Jiménez no eran gente buena y, si tenían problemas, pues bien merecido lo tenían.
Regina no pensaba darle más vueltas al asunto. Sin embargo, si podía evitar que Demian se relacionara con Enrique, lo haría. Ese hombre no parecía buena persona, y pensar que su esposo tratara con él no le agradaba. Regina siempre protegía a los suyos, especialmente a Demian, el hombre al que amaba. No podía permitir que alguien a quien quería sufriera.

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