Felipe, Sebastián y Héctor quedaron completamente desconcertados por la actitud de Regina. Después de todo, ellos no habían renacido y desconocían lo que había sucedido en la vida anterior de su hermana, en la que habían compartido tantas experiencias.
A pesar de todo, siempre habían querido mucho a Regina, además, los tres eran sumamente competentes. Toda su vida la habían tratado como si fuera su propia hermana menor. De hecho, antes de que el abuelo falleciera, les había encargado que cuidaran de ella. Sin embargo, después de que Regina se fue a vivir la familia Jiménez y cayó en las redes del amor, algunos malentendidos empezaron a distanciarlos.
Por un tiempo, ella se mostró distante con sus hermanos y había muchas cosas de las que Regina no les hablaba.
Por su parte, ellos no querían hacerla enfadar, así que se mantenían a distancia, aunque siempre estaban listos para ayudarla en lo que necesitara. Ahora que Regina se mostraba tan cercana, ellos no podían estar más contentos, aunque los tres eran personas más bien reservadas y a pesar de la tormenta de emociones en su interior, mantenían una fachada imperturbable.
Felipe, el mayor, era el epítome de la seriedad, todo un líder nato.
"¿Alguien te ha hecho daño?" Preguntó él con una voz cargada de firmeza, su rostro atractivo adornado con un atisbo de frialdad.
A pesar de su juventud, Felipe lideraba varias unidades de fuerzas especiales renombradas y raramente se le veía en público, ya que dedicaba la mayor parte de su tiempo a misiones o entrenando a novatos. Sus subordinados eran excepcionales y formaban parte de un departamento muy especial, asignándole a Felipe un estatus igualmente singular. No obstante, sin importar el problema, él siempre encontraría una manera de ayudar a Regina.
Ella se apresuró a negar con la cabeza, secándose las lágrimas y con la voz entrecortada, dijo, "No, solo es que los extrañaba mucho".

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Ángel Guardián a Mi Lado