Oriana no apartó la mirada de Aitana. Sus ojos, intensos y llenos de una hostilidad apenas disimulada, parecían atravesarla de lado a lado.
—¡Que empiece de una vez! —soltó Oriana, impaciente.
Regina se llevó la mano a la frente con preocupación. Conocía demasiado bien a Oriana: si perdía, lo más seguro era que terminara hecha pedazos por dentro. Pero Aitana era astuta, de esas personas que siempre encuentran la forma de salir ganando. Oriana, en cambio, no era buena para este tipo de juegos, y Regina temía que su amiga fuera a perder de manera estrepitosa.
No le dio buena espina y, sin poder evitarlo, se inclinó hacia Oriana para hablarle al oído.
—Ori, tú juega tranquila, como si nada. Si pierdes, no pasa nada, yo te respaldo. Cuando llegue mi turno, recupero lo que se perdió, ¿va?
Oriana asintió.
—Sí, lo sé, yo solo estoy aquí para pasar el rato. Si gano o pierdo, da igual.
Regina le devolvió una mirada cómplice, como solo lo hacen las amigas de verdad.
No tardaron nada en empezar el juego. El grupo se animó, y eligieron una modalidad bastante novedosa, más dinámica que las tradicionales. Pero ese estilo requería buena memoria y agilidad con los números, justo las áreas donde Oriana no se sentía nada segura. Era obvio que ahí Aitana tenía la ventaja.
La primera ronda terminó y Oriana perdió. Al ver el resultado, su cara se torció de fastidio; se podía notar la frustración en sus gestos.
Aitana, recogiendo las fichas que le correspondían, volteó hacia Oriana con una sonrisa burlona.
—¿Sigues o te retiras?
—¡Claro que sigo! —replicó Oriana, sacando más fichas y retando a la suerte una vez más.
Pero la fortuna no quiso estar de su lado. Ronda tras ronda, Oriana iba perdiendo sin remedio, como si el universo conspirara contra ella. Terminó quedándose sin fichas, dejando solo cien mil pesos para que Regina los jugara. Aunque Oriana no pudo ocultar la rabia, en el fondo sabía que si insistía solo iba a perder más.
Así que, encarándose con Aitana, declaró:
—La verdad, no puedo ganarte en esto. Pero no importa, no vas a poder contra Regi. Yo me bajo, mejor que juegue ella.
—¿Qué? ¿No aguantaste y ahora le pasas la bolita a Regina? —se burló Aitana, con una risa cargada de malicia.
—¿O qué, te da miedo jugar conmigo? —le tiró Regina, captando enseguida que Aitana solo quería molestar a su amiga—. Si te da miedo, ni te preocupes, me busco a alguien más para jugar.
—¿Quién dijo que me da miedo? —le respondió Aitana, y su expresión se volvió aún más oscura—. Llevo rato ganando todo lo de Oriana, y sé que ya casi no tienen fichas. ¿A poco tú sí puedes lograr lo que Oriana no pudo? Eso es imposible. Si hasta la suerte le dio la espalda…
Aitana, segura de sí, pensó que Regina no tenía ninguna posibilidad. Se creía invencible en esa mesa y estaba convencida de que la racha seguiría a su favor.

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