Regina escuchaba a Romeo mencionar una y otra vez a Salomé, y por dentro sentía una incomodidad difícil de tragar.
Ese era, sin lugar a dudas, su propio papá biológico. Sin embargo, en vez de buscarla a ella, había decidido adoptar a una hija y, para colmo, la trataba con un cariño que ni siquiera podía soñar.
¿Será que le daba miedo que su hija de sangre regresara y le quitara todo a la hija adoptiva? ¿Acaso Romeo era otro Feliciano Jiménez más?
Regina no pudo evitar mirar a Romeo varias veces, deteniéndose en cada detalle. Siempre había soñado con encontrar a sus padres verdaderos, pero ahora que tenía a su papá delante, sentía que él no tenía el menor interés en reconocerla.
Ni siquiera se atrevía a decirlo en voz alta: que era su hija.
No sabía si a ellos les importaba o no, o quizá, en el fondo, estaba convencida de que nunca les había importado. Porque ellos ya tenían a una hija a la que adoraban con locura. Una hija más para ellos tal vez solo sería una carga.
Todo el mundo sabía que Romeo y Violeta consentían a su hija más que nadie, dándole siempre lo mejor desde que era pequeña. Sí, le dieron todo a la hija adoptiva. Pero nunca siquiera intentaron buscar a su hija biológica.
Regina estaba segura: con el poder y la influencia de Romeo, habría sido pan comido encontrarla si de verdad hubiera querido. Pero hasta ahora, ni siquiera había intentado reconocerla. Eso solo podía significar una cosa: jamás la buscó.
Una mezcla de rabia y desdén se asomó en la mirada de Regina. Se quedó viendo fijamente a Romeo, tan seria que él terminó sintiéndose incómodo, incluso un poco inquieto, como si algo le recorriera la espalda.
Él tampoco entendía por qué, pero de repente le invadió una culpa inexplicable.
—Tú… tú y Salomé… no sé exactamente qué pasó entre ustedes —balbuceó Romeo, tratando de mantener la compostura—. Pero Salomé es una buena muchacha, siempre ha sido incapaz de hacer algo fuera de lugar. Y tú, señorita Jiménez, eres una chica admirable. Tal vez solo haya un malentendido entre ustedes.
—Si quieres, puedo pedirle a Salomé que platique contigo, ¿qué te parece?
Al escuchar esto, a Regina le dolió todavía más el corazón.
Era tal cual lo había imaginado: Romeo siempre protegía a Salomé, como si nada ni nadie importara más que ella. Igualito que Aitana: no importaba quién tuviera la culpa, ellos siempre encontraban la forma de excusarla, al final solo protegían a Aitana.
—No hace falta —soltó Regina, con un tono cortante—. Señor Beltrán, usted no es dinero en efectivo, ¿verdad? No tiene que caerle bien a todo el mundo.

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