Regina no paró de levantar la mano para pujar, llevándose varios artículos uno tras otro. Su popularidad subió como la espuma, y hasta los más incrédulos empezaron a mirarla con respeto.
El ambiente de la subasta se fue apagando poco a poco y, al cabo de un rato, todo terminó.
Regina fue a la mesa a liquidar la cuenta.
Algunos, que pensaban que solo estaba presumiendo y que ni siquiera podría pagar tanto, se quedaron esperando el momento en que haría el ridículo en la caja. Seguro que, al llegar el momento de pagar, no le alcanzaría ni de chiste.
Pero para sorpresa de todos, Regina sacó el efectivo sin titubear y liquidó todo, como si no fuera nada.
Cuando volvió al salón, se le acercaron un montón de personas. Unos buscaban caerle bien, otros le pedían su contacto, y varios más morían de curiosidad por saber de dónde había salido.
Por supuesto, también había quienes ya conocían bien quién era.
Entre el murmullo, alguien soltó con tono burlón:
—Seguro que fue el Sr. Morillo quien le dio el dinero, ¿no?
—Es la esposa de Demian, así que tampoco es raro que se lleve todo lo que quiera.
—Si de verdad es Demian quien le da el dinero, lo único que demuestra es que se llevan bien, ¿no creen?
—Eso, si el Sr. Morillo le da tanta lana y la deja comprar todo esto, es porque confía muchísimo en ella.
—Sea su propio dinero o el de Morillo, la neta es que se rifa.
—Sí, la verdad, sí que impresiona.
Mientras todos seguían cuchicheando, Romeo se acercó a Regina con paso decidido.
—Señorita Jiménez, sobre lo de hace rato en la subasta… Salomé se pasó un poco. Vine a pedirle una disculpa de su parte.
Le ofreció una copa de vino.
Regina ni siquiera la tocó. Levantó la vista y miró a Romeo directo a los ojos.
—Si fue ella quien se pasó, ¿por qué no viene ella a disculparse, sino usted? ¿Acaso ella ni siquiera reconoce que se equivocó, y por eso el Sr. Beltrán tiene que venir a disculparse por ella?
Hizo una pausa, luego añadió con voz tranquila:

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