Aitana no tenía ni idea de que su plan ya había sido descubierto por Regina desde hacía rato.
La veía aceptar el reto y, convencida de su victoria, pensaba que Regina estaba perdida.
En su mente, Aitana se decía que Regina era una ingenua, que por fin caería en una de sus trampas.
Levantó su copa y, mirando directo a Regina, comentó con tono confiado:
—¡Yo empiezo!
Tras decirlo, se llevó el vaso a los labios y comenzó a beber de inmediato, como si temiera que Regina fuera a echarse para atrás. Tomaba a tragos cortos, apurada, sin dejar espacio a la duda.
Regina la observaba con una sonrisa llena de picardía, sus ojos brillando con burla.
Lo que Aitana ignoraba era que, antes de llegar, Regina ya había puesto algo en la copa de Aitana. Sabía perfectamente qué clase de sustancia había usado Aitana, y, por eso, ella también había utilizado una de componentes similares.
Ese supuesto medicamento tan popular, tan especial, que supuestamente causaba efectos irresistibles en quien lo bebía… En realidad, había sido creado por la propia Regina. Era algo que vendían como afrodisíaco, pero Regina conocía sus efectos y sabía cómo contrarrestarlos.
Nunca pensó que un día alguien intentaría usar esa sustancia contra ella.
Para su mala suerte, ese truco no tenía ningún efecto en su propio cuerpo. Regina era completamente inmune a esa sustancia y, en caso de que algo llegara a afectarla, siempre cargaba el antídoto consigo.
Aitana pensaba que podía jugar sucio con ella, pero lo cierto es que siempre la había subestimado.
Regina alzó su copa con elegancia, moviéndose con la tranquilidad y el porte de una princesa. En todo momento, se mantuvo serena y distinguida.
La gente cerca no pudo evitar asombrarse, murmurando entre sí, incapaces de creer lo que veían.
—¿Cómo le hace? ¿Cómo puede tomar tanto? —preguntó alguien con incredulidad.
—Regina tiene un estómago sin fondo— soltó una chica, —y parece que el alcohol le hace lo que el viento a Juárez… ni cosquillas.
—Sí, yo jamás había visto a nadie que aguantara tanto como ella.

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