—¡Regi, por fin llegaste!
Óscar se acercó a Regina con los nervios a flor de piel; su voz temblaba de angustia.
—Isa sigue inconsciente, su situación se ve pésima... —le soltó, la desesperación pintada en su cara—. ¡Tienes que salvarla! Si con eso ella puede vivir... no me importaría morir en su lugar.
Respiró hondo y, con la voz entrecortada, añadió:
—Regi, perdón... no cuidé de ella como debía. Lo sé, la regué, me equivoqué...
Apretó los puños, luchando contra el impulso de quebrarse ahí mismo.
—Pero ahorita no es momento de reproches. ¡Te lo ruego, tienes que salvarla! Yo sé que tú eres la mejor, la única que puede hacerlo...
Óscar tenía los ojos llenos de lágrimas. Miraba a Regina como si toda su vida dependiera de ella.
Regina le lanzó una mirada rápida, sin decir palabra. Se dirigió al carro, abrió la puerta de atrás y sacó su caja de primeros auxilios, ese maletín que llevaba a todos lados y que parecía una extensión de ella misma.
La casa de Óscar era una mansión aislada, con un enorme jardín y un pequeño lago al frente. El camino de entrada estaba flanqueado por árboles, como si protegieran el lugar de miradas indiscretas. Ahí dentro reinaba una calma extraña, como si el mundo exterior no existiera.
Óscar no había llevado a Isabella al hospital. Sabía que los hospitales de la zona no eran de fiar, y prefería confiar en su propio equipo médico y en los recursos de su propiedad.
Regina echó un vistazo al entorno, evaluando la situación.
Después se giró hacia Óscar y preguntó, sin rodeos:
—¿Tienes todo preparado para operar aquí? ¿Tienes un quirófano?
—Sí, sí, ya está todo listo —contestó Óscar, casi atropellando las palabras—. Sabía que cuando llegaras, lo primero que querrías sería operar. No entiendo mucho de medicina, pero consulté a los doctores del equipo y ya preparé lo que me dijeron, incluso el quirófano está acondicionado.
Había reunido todo el equipo y los insumos que pudo conseguir, sin escatimar en esfuerzos.
—Vamos a ver cómo está. Si su estado es grave, operamos de inmediato.

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