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El Ángel Guardián a Mi Lado romance Capítulo 980

—Este cuarto está desocupado, puedes quedarte aquí por ahora. El baño está adentro, así que puedes usarlo para ducharte. Si necesitas algo, dímelo —le indicó Óscar a Regina con voz calmada, señalando la habitación.

—Avísales que se preparen y vayan directo a la sala de operaciones. Quiero que me tengan lista la bata de cirugía y todo el equipo necesario. La mayoría de mis instrumentos los traigo conmigo, pero desinfecten mi maleta y asegúrense de que todo esté en orden —le pidió Regina, mirando a Óscar con determinación antes de meterse al baño para darse una ducha.

No tardó mucho. La ducha le ayudó a despejarse un poco la cabeza y, al salir, el vapor aún flotaba en el aire. Se puso ropa limpia y salió de la habitación, lista para lo que venía. A los pocos minutos, Regina se dirigió directamente a la sala de operaciones.

Óscar y el resto de los médicos ya la esperaban; todo estaba dispuesto. Regina se cambió rápidamente, poniéndose el uniforme quirúrgico. Alzó la mirada y cruzó por un momento los ojos con Óscar.

Él la miraba con una mezcla de ansiedad y remordimiento. Tenía mil preguntas, pero no se atrevía a abrir la boca. Sabía que Regina estaba de mal humor; después de todo, iba a operar a su mejor amiga y no tenía la certeza de que todo saliera bien. Ese tipo de presión se sentía en el aire.

—Tengo confianza en la cirugía —le dijo Regina, sin apartar la mirada—. Pero Isa tiene una infección muy fuerte, y además está el tema de la toxina que tiene en el cuerpo. No puedo garantizar nada, Óscar, no tengo el control total de la situación.

Óscar bajó la cabeza, los ojos brillándole de frustración. Quería soltarle un regaño, pero sabía que no tenía caso. Lo que estaba hecho, hecho estaba. Ahora lo único que importaba era salvar a Isabella.

—Yo... —intentó decir algo, pero se tragó las palabras. Aunque hablara, Regina iba a hacer todo lo humanamente posible.

Pero la duda estaba ahí, en el aire. Nadie podía asegurar el desenlace.

Óscar se sentía como si cargara un costal de piedras en los hombros. No debió haber llevado a Isabella a esa misión. No debió exponerla a ese peligro. La culpa lo carcomía por dentro, y su cara reflejaba la angustia que sentía.

—Haz todo lo que puedas —balbuceó al final.

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