—Eso me tranquiliza. Con usted aquí, señora, seguro que la señorita Isabella estará bien —Pablo exhaló aliviado, como si le hubieran quitado un peso de encima.
Después, Pablo se fue directo a la regadera.
Regina tomó las medicinas y entró en la habitación de Isabella. Primero, le dio una pastilla que le ayudara a bajar la fiebre.
Luego, le aplicó dos inyecciones con precisión.
Óscar se quedó todo el tiempo junto a Isabella, mirándola con el corazón apachurrado. Observaba todos los aparatos conectados a su cuerpo, las marcas de tantas agujas en sus manos, y no podía evitar que los ojos se le aguaran.
Sus ojos se pusieron rojos en un instante, pero no dejó escapar ningún sonido. No quería interrumpir el trabajo de Regina.
Cuando Regina terminó de poner las inyecciones, miró a Isabella con atención. Se le marcó una arruga en la frente.
—¿Y bien? —Óscar se animó a preguntar.
—Sus signos vitales están estables, poco a poco se va recuperando. La infección está cediendo, la fiebre está bajando... pero aún no despierta.
—¿Ya debería haber despertado? —preguntó Óscar, inquieto.
—En teoría, sí. A decir verdad, ya debió haber reaccionado, pero sigue sin mostrar ninguna señal.
Regina arrugó la frente, pensativa.
—¿Has intentado hablarle?
—No he dejado de hacerlo. He intentado de todo para provocarle alguna reacción —contestó Óscar, con el corazón en la mano—. Pero no recibí ninguna respuesta de su parte.
—Está demasiado tranquila —murmuró Regina, cada vez más preocupada—. Su estado... no es normal.
—¿Tú tampoco ves qué tiene? —Óscar se removió, la angustia le revolvía el estómago.
Él pensaba que, con Regina presente, Isabella se recuperaría pronto, que despertaría sin problema. Pero ahora, ver que seguía sumida en ese sueño profundo, sin poder abrir los ojos, lo tenía al borde de la desesperación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Ángel Guardián a Mi Lado