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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 1295

Rafael estaba frente a Vanessa y la miraba con una admiración ardiente.

—Mi esposa, tan lista como siempre. Nada de lo que hago se te escapa.

—Lo que pasa es que fuiste demasiado obvio —dijo Vanessa, exasperada.

Hizo una pausa, algo resignada.

—¿Sabías que su relación está pasando por problemas?

Rafael siempre fue listo. Aunque no estaba pendiente de la relación entre los dos, había notado que Sergio estaba raro en los últimos días. Arqueó una ceja y sonrió.

—Cualquier problema necesita que los involucrados se sienten a hablarlo bien. Si Bianca sigue sin poder aceptar a Sergio después de saberlo todo, entonces, ya sea que se separen o que sigan juntos, será su propia decisión y no les quedará nada que lamentar, ¿no crees?

A Vanessa le pareció que tenía algo de razón. Otra vez la convenció, y no le quedó más que admitirlo.

Sonrió.

—Está bien, está bien. No por nada eres el señor Cisneros. Con un par de frases ya me convenciste. Tienes razón, necesitan hablar bien las cosas.

Vanessa tampoco quería que Bianca se arrepintiera. Rafael sonrió y la abrazó.

—Por muy importante que sea el señor Cisneros, sigue siendo tu esposo. Soy solo tuyo, y soy el esposo que te ama.

Al escuchar esas palabras de amor, Vanessa sintió el corazón tibio, como si la envolviera la felicidad. Si cualquier otro le hubiera dicho esas cosas, le habrían parecido de lo más empalagosas. Pero quien las decía era Rafael, distinguido, distante y reservado, tan temible como el mismísimo diablo.

Y quien las decía era el esposo que la consentía y la amaba con ternura. Sentía que haberle dado una oportunidad a Rafael y haber confiado en él fue la decisión más acertada y más sensata de su vida. Dieron las doce de la noche de fin de año. Comenzó un nuevo año.

Rafael había organizado con tiempo un espectáculo de fuegos artificiales, y a la hora exacta se lanzaron en la Bahía de Cartaluz, a la vista de toda la ciudad.

Los fuegos estallaban en el cielo con colores deslumbrantes e iluminaban la noche como si fuera de día. Al pie del reloj de la Bahía de Cartaluz se había reunido una multitud. Todos contaron juntos los segundos, recibieron juntos el Año Nuevo y juntos vieron los fuegos artificiales.

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