Capítulo 15 Vanessa giró la cabeza, incapaz de hablar. Rafael sintió angustia al verla así y trató de consolarla con voz suave:
—No pasa nada, aquí estoy contigo.
La levantó con mucho cuidado, como si temiera romperla, y le secó las lágrimas con delicadeza.
Dejó de llorar, aunque su voz seguía entrecortada por el esfuerzo:
—Quiero ir a casa.
Se sentía agotada y el dolor era cada vez más fuerte; no tenía fuerzas para seguir lidiando con ellos. Rafael aceptó con ternura:
—Está bien, vamos a casa.
La forma tan protectora en la que la trataba dejó pasmados a Alexis y a Natalia, que observaban desde cerca. Sin embargo, cuando él les lanzó una mirada, Alexis sintió un escalofrío que lo hizo estremecerse. Intentó justificarse:
—Es que Vanessa se puso insoportable. Agarró a Nati y le hundió la cabeza en el lavabo; hizo algo terrible y, en lugar de arrepentirse, empezó a decir cosas espantosas.
Continuó con voz atropellada:
—Mauricio solo intentaba defender a Nati, por eso perdió el control y reaccionó así...
—¿Permites que un extraño maltrate a Vanessa enfrente de ti? ¿Qué clase de persona eres? — Rafael sonaba tan autoritario que su hermano se quedó mudo, sin atreverse siquiera a respirar.
Como heredero del Grupo Firax, Rafael poseía una presencia que imponía respeto. Vanessa, por su parte, no volvió a mirar a su exnovio ni una sola vez. En el preciso momento en que él se quedó de brazos cruzados mientras Mauricio la atacaba, Alexis había muerto para ella. Su desprecio era definitivo.
Natalia se acercó con dudas, bajando la cabeza con timidez fingida.
—No sé qué fue lo que hice para que se enojara tanto conmigo. Me odia y hasta me puso la mano encima.
Él la observó, dejando claro que no creía en su actuación.
—Tú sabes por qué pasó esto.
Desvió la mirada y se quedó callada, sintiéndose descubierta. Alexis, ansioso por defender a su hermanita, intervino de nuevo:
—Me duele... me duele todo... Rafael, me siento muy mal. ¿Me voy a morir?
Susurraba, con la frente arrugada por el sufrimiento y una actitud de agonía pura. Rafael sintió una presión terrible y el miedo se reflejó en su gesto.
—No digas eso, no tengas miedo. No te va a pasar nada.
Se desplomó contra él, con los labios y la piel pálida.
—¡Rápido, al hospital! —le gritó al chofer.
Rafael la abrazó con fuerza, aterrado por su estado.
—Aquí estoy, no tengas miedo.
Estaba entre la conciencia y el desmayo, pero esas palabras le resultaron extrañamente familiares, como un eco de algo que había escuchado diez años atrás.
De pronto, un recuerdo de su infancia inundó su mente. Tenía doce años y se estaba ahogando en un lago. En medio de la confusión, un muchacho la había rescatado y, con una voz que le llegó al corazón, le había dicho: "Aquí estoy, no tengas miedo".

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