Capítulo 270 Vanessa sintió repulsión y dio media vuelta para alejarse en dirección contraria.
Pero Alexis, apoyado en su muleta, avanzaba con su cojera más rápido que ella, y en poco tiempo la alcanzó por detrás y le tomó el brazo.
—Vanessa.
Apenas él la rozó, ella se zafó con un manotazo de rechazo.
—Alexis, ¿no te cansas?
El tono de Vanessa era áspero, y la mirada que le dirigió al voltearse era aún más cortante.
Él, con sus facciones atractivas, y ella, tan radiante, llamaban demasiado la atención entre la multitud; más de uno se detuvo a mirarlos.
Alexis, con una paciencia que pocas veces mostraba, intentó calmarla.
—No te enojes. Es que me preocupaba dejarte sola, por eso te seguí.
Vanessa no había olvidado lo que él había intentado antes: quería forzar las cosas drogándola, y después mandó a un borracho a acosarla...
Y encima estaba lo del auto que estuvo a punto de atropellarla, entre otros incidentes.
Cada uno de esos episodios tenía sus huellas.
Vanessa sonrió, burlona.
—¿Protegerme? Con que no me hagas daño ya debería agradecerte. Es más... en el estado en que estás, mejor ocúpate de protegerte a ti mismo.
Vanessa dirigió una mirada breve a su pie lesionado; su sonrisa no perdió ni un gramo de sarcasmo.
Alexis sintió que su orgullo acababa de recibir un golpe. Hizo un gesto de fastidio.
—Sé que todavía estás muy enojada, pero hay cosas que deben decirse en el momento y lugar adecuados. Solo me preocupo por ti. ¿Está mal querer prestarte atención? ¿Para qué hablar con tanta crueldad?
Antes, esas palabras habrían bastado para hacerla sentir culpable, para desgastarse llenándose de remordimiento.
Pero ahora tenía el corazón en calma, y no tenía el menor deseo de discutir con él.
—Solo estoy diciendo la realidad. ¿Eso ya es ser cruel?
Vanessa apartó la mirada con frialdad y dejó escapar una risa despectiva.
—Claro, tú prefieres la clase de mujer llorona como Natalia. Discúlpame, no tengo forma de satisfacer ese ego de macho.
Dicho eso, se alejó sin dudarlo, con la espalda erguida, radiante y tranquila.
Viendo su silueta alejarse, Alexis sintió un pánico difícil de explicar: miedo que Vanessa no fuera lo que él imaginaba.
Que no fuera un berrinche. Ni un juego de caprichos.
Sino que en serio lo estaba dejando.
Entonces la foto del atardecer que le había enviado no era casualidad; en realidad la había tomado desde allí.
—Mi mujer vino sola. No podía quedarme tranquilo.
Rafael seguía con esa sonrisa suave y cálida en los ojos, y con agilidad rodeó la cintura de Vanessa, la jaló hacia el pasillo y la envolvió en sus brazos con fuerza.
—Vine desde tan lejos. ¿No me merezco una recompensa?
Vanessa levantó la cara hacia él, con el mentón apoyado sobre su clavícula, y exhaló un aliento suave y cálido.
—¿Qué clase de recompensa?
Rafael bajó la cara; sus labios atraparon los de ella, y su voz salió entrecortada y apenas audible.
—Algo así...
Y profundizó el beso.
Vanessa no resistió su calor y lo rodeó por la cintura con los brazos.
Ambos se abrazaron en el pasillo y se besaron sin freno, sin querer separarse.
Fue entonces cuando Alexis llegó a su piso, salió del ascensor apoyado en su muleta.
Con lentitud, avanzó por el pasillo...

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