Vanessa pasó mala noche y, a la mañana siguiente, pidió al personal que le tramitara el alta. Cuando los trámites quedaron listos, Bianca y Sergio aparecieron casi al mismo tiempo.
Bianca, al llegar, vio en el pasillo a una empleada con los papeles del alta y así se enteró de que Vanessa se iba del hospital.
—¿Cómo es que te vas tan pronto? Deberían tenerte en observación unos días más.
Vanessa ya se había cambiado y llevaba la boina; el conjunto otoñal, de un amarillo pálido, la hacía ver radiante y llena de energía.
—Llevo aquí más de diez días. Un poco más y me sale moho.
Después de contestarle a Bianca, miró a Sergio, que seguía de pie.
—¿Me buscaba por algo, doctor Villalobos?
Sergio no era su médico tratante ni solía atender esa área. Si había venido a verla, era porque algo quería. Bianca evitaba mirar a Sergio, pero lo vigilaba de reojo.
Solo volteó cuando sintió que él la miraba. En cuanto sus miradas se cruzaron, lo entendió al vuelo.
—Bueno, hablen ustedes. Te espero afuera, Vanessa.
—Está bien.
Vanessa le dio unas palmaditas en el brazo. Bianca apartó enseguida la mirada de Sergio, pasó a su lado casi rozándolo y salió decidida. Cerró la puerta tras de sí. Cuando la puerta se cerró, Sergio volvió a concentrarse en Vanessa.
—Supe que Alexis vino anoche. ¿Estás bien?
Sergio se veía tranquilo y hablaba con la misma claridad templada de siempre. A Vanessa no le extrañó que él estuviera al tanto y respondió sin rodeos.
—Sí, vino. No me pasó nada; no hizo nada para lastimarme.

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