Lo de tres años atrás era algo que Natalia no podía refutar.
Lo miró con aire de víctima, con los ojos vidriosos.
—Sí, en ese entonces fui una inconsciente y cometí un error, pero ya lo reconocí y ya pagué por ello. ¿Por qué insistes en no dejar eso atrás? ¿Por qué no puedes perdonarme? Mi dignidad ya quedó...
Natalia agachó la cabeza entre sollozos, los hombros sacudiéndose con cada espasmo de llanto. Daba lástima verla. Aunque no terminó la frase, era evidente lo que quería decir.
Alexis apretó la mandíbula con fastidio y la reprendió.
—¡Deja de llorar! Lo de esa noche fue un accidente, y encima tú te lo buscaste.
Natalia alzó la cara bañada en lágrimas y le dijo con voz entrecortada:
—Pero lo que siento por ti es real, Alexis. ¿Solo porque crecimos bajo el mismo techo no tengo siquiera el derecho de quererte? Si ese es el problema, ya me echaron de la familia Cisneros. Con eso debería bastar, ¿no es así?
Alexis retrocedió dos pasos al escucharla, apretando los dientes con furia.
—Lo que pasó esa noche y cómo pasó, tú lo sabes mejor que nadie. Más vale que te vayas de mi vista antes de que se me acabe la paciencia.
Dicho eso, caminó de prisa hacia el auto estacionado junto al muro.
Esa noche se había enterado de la fiesta de cumpleaños de Ernesto Zárate y fue expresamente, pero no contaba con que lo rechazaran en la entrada por no tener invitación. Él, que era nada menos que el segundo heredero de los Cisneros; antes, su presencia en ese tipo de eventos era obligada. Pero desde que le retiraron la presidencia de la filial, lo habían dejado de invitar.
Su orgullo estaba por los suelos. No se resignaba. Estuvo toda la noche intentando convencer a la gente de los Zárate para que le hicieran el favor de permitirle entrar y poder exponer su plan.
Y entonces apareció Natalia, de la nada, a suplicarle y a hacerse la víctima.
Los fuegos artificiales iluminaban el cielo con un resplandor deslumbrante, y esa misma luz caía sobre su cara; por hermosa y delicada que fuera, lo único que le provocaba era el recuerdo de esa noche deshonrosa.
Apenas llevaban un rato discutiendo cuando vio salir el auto de Rafael. No alcanzó a distinguir quién era la mujer que iba adentro, aun así, se sintió inquieto.
—Alexis, ya soy tuya. Quiero irme contigo —gimió Natalia, persiguiéndolo hasta el auto con voz suave y suplicante.
La puerta del auto se abrió. Alexis ya tenía un pie adentro y se sacudió con un movimiento brusco la mano que lo sujetaba.

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