Capítulo 29 Vanessa se quedó contemplándolo, perdida en sus pensamientos.
Rafael notó que lo observaba, dejó la taza sobre la mesa y alzó una ceja al mirarla.
—¿Ya terminaron de hablar?
No respondió. Sonrió, se puso de pie y se acercó a ella.
—¿En serio soy tan atractivo?
Al escuchar su voz, recobró el sentido y sintió que el calor le subía a las mejillas hasta ponérselas rojas. Muerta de la vergüenza, bajó la mirada para evitarlo mientras se mordía el labio con nerviosismo. Le aterraba pensar en lo obvia que se había visto hace un momento.
Por suerte, Antonio salió del despacho en ese momento y el mayordomo se acercó para avisarles que pasaran al comedor. Vanessa sintió que le perdonaban la vida y caminó a toda prisa, sin atreverse a mirar atrás.
***
Terminaron de comer la cena de cumpleaños cerca de las cuatro de la tarde.
Debido a su avanzada edad, el abuelo necesitaba descansar. Antes de retirarse a su habitación, miró fijamente a Rafael para darle una advertencia.
—Más vale que cuides bien a Vane, porque si no, te las vas a ver conmigo.
Él aceptó el compromiso sin dudarlo.
Vanessa bajó la mirada.
"Él es un hombre bueno y honesto, sé que no me trataría mal".
Sin embargo, al pensar que algún día él encontraría a alguien a quien amar y tendrían que separarse, sintió tristeza. Quizás era porque ya se estaba acostumbrando a su presencia.
***
En el auto, no dijo ni una sola palabra durante todo el camino. Al llegar a casa, subió a la planta alta.
Rafael observó su silueta delgada mientras se alejaba; arrugó la frente y su mirada perdió brillo por un instante. Poco después, subió tras ella y la detuvo sujetándola del brazo.
—¿Qué tienes? —le preguntó, mostrando inquietud.
Vanessa levantó la cara y, al verlo tan preocupado, estuvo a punto de malinterpretar sus intenciones otra vez. Pero recordó que él solo se preocupaba por ella debido a su sentido del deber, por el cariño que le tenía su abuelo y por la estrecha relación entre sus familias.
Se quedó mirando las palabras y empezó a pensar en eso. ¿Ese mensaje era para ella? ¿O solo lo hacía para que su familia viera que ya tenía a alguien y dejaran de presionarlo para que se casara? Después de todo, para los estándares de la alta sociedad, ya estaba en una edad en la que se le consideraba alguien que se había tardado en sentar cabeza.
Tras pensarlo un momento, tomó los regalos que le había dado el abuelo Antonio y fue a buscarlo al despacho.
—¿A qué viene esto? —preguntó Rafael al ver que ponía los estuches sobre su escritorio.
—Son los regalos que me dio el abuelo, incluyendo la joya de la familia —explicó con sinceridad—.
Creo que es mejor que tú los guardes.
Su semblante cambió y arrugó la frente con fuerza. Su actitud amable de los últimos días desapareció, siendo reemplazada por una mirada dura.
—¿Ya te arrepentiste, Vanessa? —dijo con un poco de sarcasmo.
Se puso de pie y caminó hacia ella, clavándole la mirada con una intensidad que parecía contener mucha frustración.
—¿Quieres marcar distancia desde ahora porque no quieres admitir que eres mi esposa?

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