Vanessa contuvo el aliento, apretó los puños y se preparó para abrir la puerta y entrar. Quería confrontarlos, preguntarles qué pretendían.
En ese momento, escuchó la voz furiosa de Rafael.
—Si estás enferma, ve a tratarte.
Camila, que estaba dentro del probador, dejó de reír. Con los ojos enrojecidos, lo fulminó con la mirada.
—Aunque estuviera enferma, tú me orillaste a eso.
Él dijo que, si perdía a la persona que amaba, jamás se resignaría ni saldría con otra mujer. Entonces ella lo esperó cinco años. Pero al cabo de esos cinco años, él terminó comprometido con la exnovia de su hermano. Para ella, eso era una humillación enorme. Lo odiaba.
—Más vale que te largues ahora mismo y que Vanessa no te vea —advirtió Rafael con voz cortante.
—No me voy a ir, ¿qué me vas a hacer? —respondió Camila con una risa despectiva—. Eres mío. ¿Con qué derecho se va a quedar contigo? No voy a dejarla en paz.
Rafael apretó la mandíbula, se le agotó la paciencia y le sujetó el cuello con la mano.
—Entonces escúchame bien: no fue ella quien me arrebató de tu lado. Fui yo quien por fin la recuperó a ella.
Vanessa abrió los ojos desmesuradamente y sostuvo la mano sobre su boca, ahogando la expresión de sorpresa en un silencio repentino. ¿Qué quería decir Rafael con eso? Acaso...
—¡Rafael!
Camila se desmoronó y le reclamó entre lágrimas:
—¿Y yo qué? Para ti, ¿qué soy?
Rafael respondió en un tono áspero y tajante:
—Eres un lastre. Si hubiera sabido que serías tan insoportable, aquel día habría preferido morir antes que dejar que recibieras la puñalada por mí.
Camila quedó aturdida, como si le hubiera caído un rayo. Las lágrimas le rodaron por las mejillas y dijo con voz quebrada:
—¿Qué estás diciendo? ¿Tanto... me aborreces?
—Tú no debiste meterte entre ella y yo —dijo Rafael con desdén y mirada amenazante—. Si te atreves a hacerle daño, te va a costar la vida.
—Ella... quiso matarme... —balbuceó Vanessa. Intentó incorporarse con esfuerzo mientras se frotaba el cuello con insistencia.
Al levantar la mirada, casi se muere del susto. Camila yacía en un charco de sangre, aparentemente inconsciente; el líquido espeso resaltaba sobre el piso reluciente. El aire estaba impregnado de un fuerte olor a sangre. Vanessa quedó muda del horror, blanca como si no le quedara una gota de sangre en la cara.
—Tranquila... —Rafael se arrodilló a su lado y le apoyó la cabeza contra su pecho. Le acarició el cabello con suavidad—. No mires. Aquí estoy, yo me encargo.
Vanessa temblaba entre sus brazos, aferrada al cuello de su camisa.
—¿Está muerta?
Rafael tragó saliva, juntó las cejas y ocultó la sombra en su mirada mientras se giraba para bloquearle la vista por completo.
—Cálmate. Estoy aquí, no tengas miedo.
La tranquilizó mientras sacaba el teléfono y llamaba a Ricardo. Él llegó enseguida y quedó pasmado al ver la escena, pero no perdió un segundo: llamó a una ambulancia para que trasladaran a Camila al hospital.
Después de lo ocurrido, la sesión de fotos de bodas quedó descartada. Rafael le indicó al chofer que llevara a Vanessa de regreso a la mansión de la Sierra.

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