Vanessa sintió brotar de la nada un enorme arrebato de celos. Abrió los brazos y se aferró a la cintura de Rafael; se recargó en su pecho. Luego levantó la cara hacia él, parpadeando con expresión coqueta, y dijo con una voz deliberadamente melosa:
—Cariño, mira, todas dicen que eres muy guapo...
Los chillidos de las chicas se extinguieron de golpe.
Rafael bajó la mirada hacia ella, tan frágil y pequeña entre sus brazos, y curvó sus labios con ternura.
—¿Sí? Pues soy solo tuyo.
Dicho eso, inclinó la cabeza y le dio un beso largo en la frente.
La cara de Vanessa volvió a arder. Lo que hizo fue puro impulso travieso; no esperaba que él le siguiera el juego así. Muerta de vergüenza, lo tomó de la mano y se alejó a paso rápido.
A sus espaldas, se escuchó la voz llorosa de una de las chicas.
—Ay, no... Un hombre tan guapo, ¿y ya tiene dueña?
—Pero la chica también es preciosa... Hacen una pareja perfecta...
Ya dentro del auto, el rubor en la cara de Vanessa por fin empezó a ceder. Bajó la mirada y se dio cuenta de que tenía los dedos entrelazados con los de Rafael, palma contra palma. Él le sostenía la mano con fuerza, como si ella fuera algo invaluable que protegía con todo el cuidado del mundo. Ese pensamiento le cruzó la mente y se quedó inmóvil, confundida.
Sin darse cuenta, levantó la mirada hacia él y se encontró de lleno con unos ojos colmados de dulzura.
—¿Qué sucede?
Vanessa sentía los nervios a flor de piel; esa noche Rafael era distinto a cualquier otra vez. Él sonrió apenas, le acarició la mejilla y dijo con voz suave:
—Vane, así es como siempre debiste ser.
Por cinco años dejó que Alexis manejara sus emociones a su antojo. Tenía mucho tiempo sin reír de esa forma. Creía que amar a alguien era exactamente eso: vivir siempre con el alma en un hilo. Pero resultó que no, que no tenía por qué ser así.
Vanessa se recompuso, levantó la mirada hacia Rafael y sonrió agradecida.
—Gracias por acompañarme esta noche. La pasé muy bien.
Él la miró a la cara, conmovido, y la atrajo hacia su pecho. Con voz ronca, le dijo:
—¿Ya se le olvidó, señora Cisneros? Esto es lo que me toca hacer como su esposo.
En sus ojos ardía un amor sin disimulo. Con la voz ahogada y áspera, añadió:
—Para mí, lo más importante es que seas feliz. Cinco años atrás no pude cuidarte, pero por suerte, de aquí en adelante tengo la oportunidad de hacerlo.

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