—Así es, todo mi ser está lleno de secretos.
A Vanessa en realidad le daba igual si los había visto o no. Si los vio, bastaba con decirle la verdad y ya. Al notar que él no lo mencionó, preguntó con tono juguetón:
—Señor Cisneros, ¿usted tiene algún secreto que no quiera que yo sepa?
Rafael se quedó sin aliento. Una sombra de incomodidad asomó en sus ojos, tan fugaz que apenas se percibió. Enseguida recuperó su aplomo, como si se tratara de solo una ilusión.
—Parece que yo también tengo muchos secretos.
Rafael bajó la cabeza hasta apoyar su frente contra la de ella; su aliento cálido se volvió provocador.
—¿Mi esposa quiere explorarlos?
Vanessa sintió que las mejillas le ardían. Últimamente parecía un lobo hambriento: a la menor oportunidad, llevaba la conversación para ese lado.
Rafael vio que se le había puesto la cara roja y no quiso seguir provocándola. Se enderezó y la miró.
—¿Tienes hambre? ¿Quieres salir a comer? O si prefieres quedarte, podemos pedir algo aquí.
Él siempre la dejaba decidir.
—Salgamos —dijo Vanessa con los ojos brillantes—. De paso podemos pasear un rato. Ya vine dos veces a la capital y nunca he ido a caminar contigo.
—Está bien.
Se bajó del sofá y corrió alegremente a la habitación a cambiarse. Rafael observó su silueta desaparecer tras la puerta y la sonrisa se le borró de los ojos. Su expresión se volvió suspicaz: ¿el señor Palma... era Leandro Palma? Pero la última vez que se vieron, actuaron como si no se conocieran.
Sacó el celular y le envió un mensaje a Ricardo: “Investiga a Leandro Palma. Averigua si él y mi esposa se conocen”.
Ricardo quedó perplejo al leer el mensaje. Leandro Palma era un ingeniero de renombre internacional, famoso dentro y fuera del país. ¿Cómo iba a conocer a Vanessa? A menos que ella también fuera una ingeniera de alto nivel. De lo contrario, no había forma.
***
—Soy el rey del picante de Cartaluz. De los que me rodean, casi nadie me supera.
Por ejemplo, Leonardo y también Sergio. Uno era alérgico al picante, y al otro le bastaba una brizna de chile en la comida, más diminuta que una uña, para que se burlaran diciéndole que mejor se la echara en los ojos.
Vanessa, que tampoco era muy tolerante al picante, se mordió los labios para aguantar la risa y asintió con sarcasmo.
—Sí, sí, sí. El señor Cisneros es el rey del picante.
—Exacto. El rey del picante de Cartaluz.
Rafael mantuvo la expresión de orgullo, como si el título le quedara perfecto.
En ese momento, el mesero se acercó con una botella de leche y estaba a punto de colocarla frente a Vanessa, pero al notar los labios hinchados de Rafael, cambió de rumbo y la dejó frente a él.
—Señor, su leche.

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