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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 312

La noche que Alexis la humilló, fue precisamente cuando estaba tomando con Mauricio y esa pandilla de amigos buenos para nada.

Después se enteró de que Mauricio, frente a Alexis, se burló de ella diciendo que, quitándole el título de heredera de los León, no valía ni lo que una dama de compañía de cualquier club. Los demás estallaron en carcajadas y se sumaron al escarnio. Entonces Alexis decidió que ella lo había avergonzado.

—Pues sí me casé, y sí fue para darte en tu punto débil, y sí voy a ser tu cuñada. ¿Y qué vas a hacer? —Vanessa le sostuvo la mirada, fría y carente de emoción.

Se acercó unos pasos y se rio con burla.

—La realidad es esta: te rechacé, elegí a Rafael y me convertí en tu cuñada.

Alexis la fulminó con la mirada, con los ojos enrojecidos, como si le hubieran clavado un puñal, y rugió:

—¡Nada de lo que dices me lo voy a creer! Nosotros somos pareja. Tú solo me vas a amar a mí, llevas cinco años amándome. ¡Es imposible que dejes de quererme de un día para otro!

Vanessa lo miró con calma, serena como el agua, y repitió sin titubear:

—Pues ya no te quiero.

Lo miró a los ojos, pausando cada palabra:

—Porque... tú... no... lo... mereces.

Dicho eso, Vanessa no quiso seguir perdiendo el tiempo y se dio la vuelta para irse.

Alexis intentó detenerla y la sujetó del brazo.

—Vanessa... ¡Ah!

Ella giró, dobló la rodilla y le dio un rodillazo certero donde más duele.

Alexis gritó de dolor. Se cubrió la zona del golpe con ambas manos, con la cara descompuesta y roja del sufrimiento, incapaz de moverse.

Vanessa se fue sin voltear atrás.

Había que decirlo: ese rodillazo fue de lo más satisfactorio.

En serio ya no lo quería. Ni un poco.

Tal como Rafael le dijo, ella siempre fue valiosa por sí misma. Su valor no dependía de ser la heredera de los León, ni de ser una guionista estrella o una guionista novata.

Era por ser ella y punto. Que fuera buena o no, nadie más tenía que definirlo.

—¿Cuándo llegaste? —preguntó Vanessa, sorprendida.

Seguramente estaba tan concentrada pensando que ni escuchó cuando Rafael entró.

Él estaba de pie detrás del sillón, frente a ella, y sonrió.

—Acabo de llegar.

—¿Y cómo es que no te escuché entrar?

Vanessa se hincó sobre el sillón y se inclinó hacia él, le rodeó la cintura con los brazos en un gesto natural y dijo como quien no quiere la cosa:

—Quien no te conozca, pensaría que te pusiste a espiar mis mensajes a propósito.

—Ah, ¿sí? ¿Acaso la señora Cisneros esconde algún secreto? —Rafael la observó con esos ojos profundos, y una chispa de curiosidad le cruzó la mirada.

En realidad, había llegado antes de que Vanessa enviara ese último mensaje. Alcanzó a echar un vistazo fugaz y notó que lo que aparecía en la pantalla de su celular no era una conversación irrelevante.

La persona que le escribía se llamaba “Señor Palma” o algo así...

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