—Ya puedes quitarte el yeso en estos días, ¿o piensas seguir así para siempre?
Bianca cayó en la cuenta. Así que se refería al yeso.
—No, no es eso, hace rato que quería quitármelo. En unos días te busco para que me lo quites.
—Bien. Ya vete a descansar.
Sergio asintió, apartó la mirada y se fue. Entonces las puertas del ascensor volvieron a cerrarse. Bianca recordó cómo se veía hacía un momento y le pareció elegante, con un encanto muy particular.
Estaba guapísimo. Sobre todo esa mirada risueña; era de las que se quedan grabadas en la memoria y atrapan sin remedio. Margarita, de pie detrás de ella, la observó un buen rato y dijo con una sonrisa pícara:
—El doctor Villalobos sí que es buen partido. Guapo y, además, atento.
Bianca sonrió con cara de boba.
—¿Verdad que sí? Guapo y atento.
—Quién sabe si está soltero. La que se quede con el doctor Villalobos va a ser muy feliz, señorita Bianca, ¿no cree?
—Soltero, está soltero…
Bianca se detuvo, volteó y vio a doña Margarita mirándola con ojos burlones. Se sonrojó un poco.
—Si le gusta el doctor Villalobos, señorita Bianca, no estaría de más que se animara. Un hombre tan bueno seguro va a tener a muchas muchachas detrás, y si se tarda, se lo van a quitar.
Vanessa había contratado a Margarita para que atendiera a Bianca y se encargara de sus comidas; era buena persona, muy honesta y trabajadora.
La cuidaba con esmero y, de tanto convivir, ambas ya se habían encariñado.
Pero a Bianca no le gustaba que nadie se metiera en sus asuntos. Sonrió y no le siguió la conversación.

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