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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 623

Capítulo 623

Rafael la observaba con sus ojos oscuros, con algo parecido a un reproche.

—No conozco a ninguna pareja que se case y a los pocos meses viva separada. Claro que vine a buscar a mi esposa.

Vanessa se mordió el labio y bajó la mirada, culpable, sin saber qué responderle.

Rafael, en cambio, no se anduvo con cortesías; le quitó lo que cargaba de las manos y entró primero al departamento.

—¿Dónde lo dejo?

—En el sillón.

Cruzó la sala y dejó las cosas en el sillón. Al ver tantas bolsas, grandes y chicas, se le borró la frialdad de la cara, como si aquello le divirtiera.

—¿La señora Cisneros disfrutó las compras de hoy? Otro día podríamos seguir recorriendo tiendas juntos.

Vanessa entrecerró los ojos. Al verlo así, tierno e ilusionado, se acordó de aquel reloj de cielo estrellado. Sin decir palabra, volvió a la recámara principal, salió enseguida y le tendió una caja delicada.

—¿Esto es...?

Rafael abrió un poco más los ojos; las pupilas se le dilataron y una chispa le brilló en la mirada.

Vanessa bajó la mirada antes de hablar.

—Es el regalo de cumpleaños que tenía preparado para ti desde hace tiempo. No sé si te guste.

Desde que firmaron el acta, Rafael no se había quitado el reloj de cielo estrellado. En el vestidor tenía un mueble lleno de relojes de distintos modelos y marcas, pero sentía debilidad por ese.

En su momento, Vanessa creyó que se lo había regalado alguna persona especial, así que para su cumpleaños le eligió un reloj. En el fondo, deseaba que Rafael quisiera usar el reloj que le regalaba su esposa.

—Está muy bonito.

Rafael no pudo contenerse y lo abrió. Era un reloj mecánico de carátula y correa negras, У bajo la luz tenue la esfera resplandecía. De diseño sobrio y discreto, se veía especialmente fino y caro. Acarició la carátula; algo extraño le brilló en los ojos oscuros y, sin darse cuenta, tragó saliva una y otra vez. Pero él mantenía la cabeza baja y Vanessa no alcanzaba a distinguir si le gustaba o no.

—Si no te gusta, te regalo otra cosa.

Las yemas de sus dedos le rozaron la muñeca, y el calor de ambos se confundió.

A Vanessa se le aceleró el corazón. Dio un paso atrás.

—Ya es tarde, mejor vete.

—No. Hoy me quedaré aquí.

Vanessa alzó la mirada y lo miró. Rafael añadió, como si temiera que ella se negara: —No lo olvides, señora Cisneros, en la cena de cumpleaños cometí un error, pero ya lo reparé con creces, y tú misma dijiste que me ibas a dar una oportunidad. Por sentido común y por decoro, siendo esposos, si tú no vuelves allá, no me queda más que vivir contigo.

Vanessa, que hasta entonces estaba tranquila, se inquietó. Los hombres suelen tener ese supuesto orgullo, esa altivez de tratar a la mujer como

algo inferior, como un accesorio. Cualquier otro hombre se habría sentido rebajado por esas palabras; él, en cambio, las dijo con toda naturalidad.

Vanessa lo miró fijamente unos segundos, con verdadero miedo de no poder contenerse y terminar cediendo.

—Haz lo que quieras. Aquí me sobran habitaciones de invitados.

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