Vanessa bajó el tono.
—Eso déjalo así. El abuelo quizá regrese a la empresa pronto, así que durante este tiempo asígnale a alguien que lo acompañe y se encargue de su seguridad.
Daniel se limpió el sudor a escondidas y por fin se tranquilizó.
—Bueno.
Vanessa volvió a casa y le llegó un aroma delicioso. Apenas entró, miró hacia la cocina por instinto. Era tal como imaginaba.
Un hombre con pantalón negro de vestir y camisa blanca trajinaba en la cocina. Con un cucharón en la mano, revolvía la olla frente a él. Probó la comida y pareció satisfecho. Al escucharla entrar, levantó la mirada hacia Vanessa y se le suavizó la expresión.
—Llegas a tiempo. Ya podemos comer.
Vanessa contempló la escena y sintió una felicidad serena. Se acercó, miró a Rafael y le sonrió.
—¿Así que el señor Cisneros va a presumir de esposo ejemplar en la cocina?
Rafael llevaba puesto un delantal gris de rayas que lo hacía verse elegante y muy de buen marido, pese a su porte.
Esbozó una sonrisa, con una ternura que no intentaba disimular.
—Servir a la señora Cisneros es un honor para mí.
Levantó la mano y le pellizcó la punta de la nariz con cariño.
—Lávate las manos para comer. Yo llevo los camarones a la mesa.
—Bueno.
Vanessa sonrió y obedeció. Se lavó las manos y luego se apresuró para ayudarle a Rafael a servir los últimos platos en la mesa.
—Estos camarones a la mantequilla me tomaron su tiempo. Pruébalos, a ver si te gustan.
—Claro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Arquitecto De Mi Refugio