De pronto, todas las preocupaciones de Vanessa le parecieron absurdas. Ahora le parecía absurdo haber pretendido mantener equilibrado su matrimonio en medio de tantas venganzas y muertes. No supo qué decir; la angustia la sofocaba.
No quería seguir hablando. Entonces llegaron Sergio y Leonardo; al verlos, Vanessa aprovechó para irse. Los saludó con un gesto de cabeza.
—Doctor Villalobos. Hola, Leonardo.
Luego se dirigió a Rafael:
—Tengo cosas que hacer. Me retiro.
Rafael entrecerró los ojos y se mordió el labio. No hizo nada por detenerla.
—Vane, ¿cómo que ya te vas?
Leonardo quedó confundido. Pero Vanessa no respondió; pasó junto a ellos y se alejó por el pasillo de cuidados intensivos.
—Vanessa no parecía muy contenta. ¿La hiciste enojar? —preguntó Leonardo, sorprendido.
—Con las cosas como están, ¿qué motivos hay para estar de buen humor? —Rafael lo miró de reojo, muy serio.
Sergio le dio una palmada a Leonardo. Fue entonces cuando Leonardo entendió y guardó silencio.
—¿Don Édgar todavía no despierta? —Sergio miró hacia la habitación de Édgar.
Rafael se mordió el labio y negó, con expresión fría y solemne.
—Sus heridas son muy graves.
—Dios protege a los buenos. Don Édgar saldrá sano y salvo. —Leonardo intentó consolarlo.
Rafael estaba muy tenso; era evidente que no quería hablar. Sergio y Leonardo intercambiaron una mirada y decidieron guardar silencio. Cuando Sergio y Leonardo se fueron, Rafael permaneció en el hospital.
Sergio y Leonardo habían quedado con Verónica para tomar unos tragos. Al tocar el tema, a Leonardo se le escapó un comentario que enfureció a Verónica.
—Y lo de Vanessa tampoco se entiende. ¿Cómo se le ocurre enfrentarse a don Édgar?

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