Por primera vez, Édgar vio que Rafael de verdad quería matarlo. La hostilidad que irradiaba era tan filosa como una navaja; parecía atravesarlo por dentro. Hasta a él, curtido durante décadas en el mundo de los negocios, esa sensación le heló la sangre.
—¿Qué pasa? ¿Miedo?
Rafael sonrió con burla y lo miró por encima del hombro. Solo entonces Édgar reaccionó; dejó el celular, se levantó de un salto y lo encaró furioso.
—¡Rafael, soy tu padre! ¡¿Y te atreves a hablarme así?!
—¿Padre?
Rafael apretó las muelas y dejó escapar toda la dureza que venía conteniendo.
—En todos estos años, ¿alguna vez cumpliste siquiera una de tus responsabilidades como padre?
El reclamo dejó a Édgar sin palabras. No supo qué responder. Hizo memoria un momento y pasó de la vergüenza a la furia:
—¡Todos estos años te criaron como heredero de la familia Cisneros! ¡Gracias a eso hoy tienes posición, fama y dinero! ¡¿Qué más quieres?!
Rafael ardió de furia.
—Eso no es excusa para hacerle daño a Vanessa. Te lo advertí. ¡Con ella no te metas!
Édgar miró los papeles tirados en el suelo. Todos esos papeles detallaban sus vínculos con Damián y demostraban sin rodeos que Salazar había ordenado el choque. Édgar calculó que podía salir bien librado de todo aquello. Recuperó la calma y sonrió con sarcasmo.
—Ella fue la que se metió donde no debía; se empeñó en asociarse con el tal Salazar, el trato fracasó y encima se ganó un enemigo.
—¡Eso se llama habérselo buscado sola!
Édgar se fue envalentonando con cada palabra. Miró de reojo a Rafael y ordenó con tono autoritario:
—Una mujer así no está a tu altura. Más te vale divorciarte cuanto antes, no sea que un día se muera y acabes viudo.
—¡Los Cisneros jamás hemos tenido un escándalo semejante!
Rafael se volvió más sombrío; verlo así daba miedo.
—Tú no cedes hasta que tienes el cuchillo al cuello.

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