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El Arquitecto De Mi Refugio romance Capítulo 710

Édgar temblaba de furia. Respiraba con dificultad, aferrado a la ropa del pecho, y el torso se le sacudía. El servicio doméstico no se atrevía ni a respirar; todos estaban atónitos. ¿Qué pasaba entre padre e hijo?

¿Cómo habían llegado a una pelea así? Y más tratándose de Rafael. Si siempre era tan tranquilo, ¿cómo había estallado así? Por lo poco que alcanzaron a escuchar, parecía que don Édgar le había hecho daño a Vanessa.

Quizá la gente de fuera no lo supiera. Pero ellos, los empleados de la casa, lo sabían bien; Vanessa era desde hacía mucho la esposa de Rafael; se habían casado en secreto. Rafael salía por la puerta cuando llegó Leonardo.

Estacionó de prisa, se bajó y se plantó frente a él en un par de pasos.

—Tú... —Leonardo notó que tenía la expresión helada, pero no una furia asesina fuera de control, y por instinto echó un vistazo al portón detrás de Rafael—. ¿Todo bien?

Rafael lo miró de reojo, sin ganas.

—¿Te mandó Sergio?

—Le preocupaba que te pasara algo, así que me pidió que viniera a ver cómo estabas.

Leonardo no quedó convencido; quería escucharlo de su propia boca.

—¿Y? ¿No pasó nada?

Rafael hizo una mueca sarcástica.

—¿Iba a matarlo?

Solo Leonardo podía percibir la impotencia detrás de esa frase. De puertas para afuera, todos decían que Rafael era el diablo en persona, despiadado en sus métodos. Pero nadie sabía que eso era pura fachada.

En realidad valoraba el afecto y la lealtad más que nadie. Desde que, con apenas dieciocho años, cargó con toda la familia Cisneros, sus alegrías y tristezas dejaron de pertenecerle solo a él.

Solo al lado de Vanessa parecía volver a ser humano.

—Vamos. Vanessa sigue en el hospital; te llevo.

Rafael apenas asintió. Se metió al auto y Leonardo subió detrás de él. Le pidió a Ricardo que se llevara el auto de Leonardo; Leonardo manejaría el de Rafael.

De camino al hospital, Leonardo lo miró por el retrovisor; llevaba la ropa arrugada y la cara marcada por el cansancio. Hasta Leonardo, un hombre hecho y derecho, sintió lástima al verlo así.

—Vuelve a casa, báñate y duerme un rato.

—A Vanessa la está cuidando Bianca. Aunque solo duermas un par de horas, se te va a quitar esa mala cara.

Rafael se frotó el entrecejo. No quería que Vanessa se preocupara, así que cedió.

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